Jacobo Pérez Escobar: el mérito como justicia y la ética como destino
Hay vidas que parecen escritas para demostrar que la dignidad no es una abstracción jurídica, sino una forma de caminar el mundo. Jacobo Pérez Escobar, lúcido y sereno a sus 101 años, encarna una de esas trayectorias: un camino sin deudas con la historia, sostenido por la ética, el mérito y el servicio público. Su biografía no es solo la de un jurista excepcional; es también la de un afrocolombiano del Caribe que convirtió su andar en una afirmación de justicia y en una forma silenciosa de reparación.
Nació en Aracataca el cuatro de junio de 1925, cuando la Zona Bananera era un territorio desgarrado por la desigualdad y la explotación. Allí aprendió tempranamente que el Estado podía ser una máquina de exclusión o una herramienta de equidad. El pensador Frantz Fanon decía que la identidad afro se forja en la tensión entre la herida y la esperanza; Jacobo eligió la esperanza como método.
Su paso por la Universidad Nacional no fue un simple logro académico: fue la demostración de que la educación pública podía romper la inercia de la exclusión racial y territorial. Graduarse con un promedio casi perfecto lo convirtió en la encarnación de lo que W. E. B. Du Bois llamó el talented tenth: ese grupo de profesionales afrodescendientes que, por disciplina y lucidez, abren el camino para los demás.
Gracias a ese rigor obtuvo una beca para doctorarse en la Universidad de París y luego cursó estudios en Georgetown mientras trabajaba en el Banco Interamericano de Desarrollo (Bid). Su carrera en la administración pública, donde ocupó cargos como secretario jurídico de la Presidencia, ministro de gobierno encargado, gobernador del Magdalena, magistrado de la Corte Suprema y del Consejo de Estado, estuvo marcada por una ética que hoy parece anacrónica: no dejó escándalos, dejó instituciones.
Como académico, su tratado Derecho constitucional colombiano formó a generaciones bajo una mirada iuspolitológica decisiva. Esta experiencia fue el cimiento cuando asumió la Secretaría General de la Asamblea Nacional Constituyente de 1991. En un proceso plural y tenso, Pérez Escobar se erigió como el gran artífice técnico y el jurista afrocolombiano que articuló el nuevo diseño institucional del Estado. Su rigor permitió que la Carta Política naciera con coherencia jurídica y no como un mosaico improvisado. Él mismo lo resumió con una humildad que desarma: “Tuve la fortuna de ser quien salvara del naufragio la Constitución del 91”.
El filósofo Achille Mbembe sostiene que el Estado solo es legítimo cuando protege la vida frente a las lógicas históricas de exclusión. La Constitución del 91 -pluriétnica, participativa y garantista- puso la vida y el reconocimiento de la diversidad en el centro. Jacobo no solo ayudó a redactar ese texto histórico; garantizó su viabilidad procesal.
Pero su legado no se agota en la ley. Su entrañable relación con Gabriel García Márquez revela al hombre que entendía que la cultura y el derecho son dos formas de narrar un país. Mientras “Gabo” leía novelas en la última fila de la facultad, Jacobo tomaba apuntes en la primera; el Nobel lo llamó siempre “mi condiscípulo eterno”. Años después, se unieron para preservar la memoria de Aracataca y la casa del telegrafista Eligio García, bajo la premisa de que un territorio sin memoria carece de futuro.
Como intelectual afro, rescató la historia patria en su obra El negro Robles y su época, reivindicando la línea de liderazgo negro que el país solía silenciar y denunciando el racismo basado en la discriminación económica a que eran sometidos los grupos discriminados. Sin embargo, su compromiso con la inclusión no se quedó en el papel ni en la nostalgia: entendiendo la necesidad de crear plataformas concretas para las nuevas generaciones, se convirtió en cofundador de la Fundación Color de Colombia, desde donde promovió activamente el reconocimiento, el liderazgo y el desarrollo estratégico de la población afrocolombiana en las esferas del poder público y económico.
A sus 101 años, su vida es un argumento constitucional vivo. No porque haya ocupado altos cargos, sino porque los honró; no solo por haber sido un afrodescendiente en el corazón del Estado, sino por transformar esa condición en una alta responsabilidad pública. En tiempos de profunda desconfianza institucional, su ejemplo recuerda que el Estado puede ser un proyecto moral cuando se sirve con integridad, lucidez y sentido histórico. Jacobo Pérez Escobar no solo ha vivido un siglo; lo ha dignificado.