Analistas 24/02/2026

La elección de la esperanza y la razón

Juan Alberto Londoño Martínez
Ex viceministro de Hacienda

El próximo presidente se enfrentará a un país sumido en uno de sus peores momentos. Afrontará una crisis fiscal sin precedentes, con niveles de deuda en máximos históricos, pagando intereses inimaginables y con la caja en mínimos; una emergencia energética con la amenaza de un apagón y racionamientos de gas; encontrará un sistema de salud en cuidados intensivos, así como un país azotado por la violencia y el narcotráfico, que lo tendrán al borde del knockout, todo esto en medio de un ambiente de polarización e intolerancia.

No es momento de improvisar. En medio del proceso electoral que vivimos, nos enfrentamos a una realidad polarizada en la que chocarán distintas visiones del Estado y figuras populistas frente a técnicos con profundo conocimiento de la problemática del país. La disyuntiva a la que se enfrentarán los electores se concentra en la elección entre un político o un estadista. Ese es el dilema.

La política es emoción; se vive, como se dice coloquialmente, con las vísceras. Todos sabemos que ante esta realidad no hay nada que produzca más réditos que encontrar antagonistas y polarizar a la sociedad. No hay nada más vendedor que las falsas y absurdas promesas, como aquella de un tren elevado entre Buenaventura y Barranquilla; la facilidad del victimismo que genera empatía; así como la crítica permanente al pasado, que ilusiona con un cambio y un mejor futuro: populismo puro y duro. Nada mejor para una elección que un mesías, un gran caudillo.

Pero, lamentablemente, para gobernar se requiere razón. Entre el candidato y el gobernante deben invertirse las realidades. Para gobernar se necesita conocimiento, experiencia, capacidad de ejecución y prudencia; es imperativo lograr consensos y no imponer. Se requieren acciones y no discurso, hablar con la verdad sobre los hechos, acciones concretas. Es indispensable que exista humildad para reconocer y dar continuidad a los logros anteriores y trabajar sobre estos para potencializarlos, con el fin de no pecar pateando el tablero y haciendo borrón y cuenta nueva. Las virtudes del gobernante chocan profundamente con las del político.

La pregunta resulta entonces obvia: ¿a quién prefieren los colombianos llevando las riendas del país? La respuesta también se da por descontada: requerimos una persona con capacidad de gobernar, con templanza, no un manipulador de masas ni alguien que haya surgido de crear odio, división y resentimiento.

Ahora bien, hay que preguntarse si dentro de la campaña electoral que estamos viviendo existe esa persona capaz de gobernar y lidiar con esta realidad. La respuesta, sin titubeos, es sí. Esa persona es quien resulte ganador de la Gran Consulta el próximo 8 de marzo. Solo quien salga de este grupo de nueve personas preparadas, con experiencia y con capacidad de unir y construir desde la diferencia, tendrá la posibilidad de gobernar el país. El ejercicio que han venido realizando merece toda la admiración. El resultado será la construcción de un proyecto de esperanza y de unidad, que nos dará la posibilidad de construir consensos y de reconstruir a Colombia.

Este grupo de personas ha depuesto sus intereses personales. Está conformado por personas con capacidades probadas y experiencia consolidada; vienen de adelantar un proceso de construcción colectiva, de ceder para lograr acuerdos, y están dispuestos a trabajar de la mano para alcanzar un gobierno de unidad, respetuoso de la Constitución de 1991, del Estado de derecho, de las libertades personales, del disenso, de la iniciativa privada como motor de desarrollo y responsable con las finanzas públicas.

Por esta razón, creo que la Gran Consulta sí genera emoción y esperanza desde la razón, con la tranquilidad de que su ganador gobernará como estadista y no como populista. Por eso voto el 8 de marzo por la Gran Consulta: por convicción, con esperanza, pero sobre todo con la razón.

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