Tribuna Universitaria 06/02/2026

Emprender con propósito vale la pena

Juan Carlos Zuleta Acevedo
Consultor en Emprendimiento e Innovación

En los últimos años se habla cada vez más de emprendimiento con propósito. El concepto aparece en foros, libros y discursos empresariales, a veces como una consigna de moda y otras como una verdadera reflexión sobre el papel de las empresas en la sociedad. Sin embargo, para muchos empresarios ese propósito no nació de una teoría, sino de la experiencia cotidiana y del ejemplo de quienes los antecedieron.

En mi caso, esa referencia siempre fue mi abuelo, José María Acevedo, fundador de Haceb, quien falleció el año pasado. Fue empresario toda su vida, en una época en la que no se hablaba de propósito, sostenibilidad ni responsabilidad social como hoy lo hacemos. Aun así, muchas de sus decisiones empresariales estaban guiadas por una lógica clara: el negocio debía ser rentable, pero también debía servir a la sociedad.

Mi abuelo entendía el emprendimiento como un compromiso de largo plazo. No buscaba atajos ni resultados inmediatos. Creía en el valor del trabajo bien hecho, en cumplir la palabra y en cuidar las relaciones con empleados, clientes y proveedores. Para él, una empresa no era solo una fuente de ingresos, sino una responsabilidad frente a las personas que dependían de ella. Esa visión, sencilla pero exigente, es probablemente una de las formas más auténticas de emprender con propósito.

Hoy, cuando se habla de propósito empresarial, conviene recordar que este no reemplaza la rentabilidad ni justifica malos resultados. Sin viabilidad económica no hay empresa posible. Pero el propósito sí actúa como un marco de referencia para tomar decisiones difíciles, especialmente en momentos de incertidumbre. Ayuda a definir qué se prioriza, qué no se negocia y hasta dónde se está dispuesto a ceder cuando aprietan las presiones del corto plazo.

Emprender con propósito no significa hacer todo por altruismo. Significa tener claro para qué existe la empresa y qué impacto busca generar más allá del balance financiero. En la práctica, esto se traduce en decisiones menos impulsivas, en relaciones más estables y en una visión de largo plazo que permite resistir mejor los ciclos económicos adversos.

Mirando en retrospectiva, muchas de las enseñanzas empresariales más valiosas que recibí no vinieron de libros ni de escuelas de negocios, sino de observar cómo se construía una empresa día tras día, con disciplina, coherencia y sentido de responsabilidad. Tal vez ahí esté una de las lecciones más relevantes para quienes emprenden hoy. El propósito no es un eslogan ni una declaración aspiracional; es una práctica cotidiana. Se refleja en cómo se toman las decisiones cuando nadie está mirando y en cómo se asume el impacto que una empresa tiene sobre su entorno.

Emprender con propósito, al final, es entender que las empresas pueden -y deben- ser sostenibles económicamente, pero también humanas, responsables y conscientes de su papel en la sociedad. Esa fue la forma de emprender de una generación que no necesitó ponerle nombre. Y sigue siendo una guía válida para quienes hoy construyen empresa en medio de un mundo mucho más complejo, pero no menos necesitado de coherencia.

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