Veinte años equivocándome exitosamente
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Hace 20 años decidí emprender. Tenía más sueños que certezas y más entusiasmo que experiencia. Quería construir una empresa, generar empleo, hacer cosas diferentes. Lo que no sabía era que, mientras trataba de construir una empresa, esa empresa también me iba a construir a mí.
Dos décadas parecen mucho tiempo cuando se miran hacia adelante y poco cuando se miran hacia atrás. En medio hay clientes, empleados, proyectos, éxitos y fracasos. Decisiones acertadas que parecían equivocadas y errores que, cuando los cometimos, parecían grandes decisiones.
Emprender suele contarse desde el éxito. Hablamos de crecimiento, innovación, ventas y empleos. Pero con el tiempo entendí que la historia más interesante no está solo en lo que uno construyó, sino en lo que tuvo que aprender -y desaprender- para hacerlo.
He aprendido que equivocarse no es una excepción: es parte del oficio. He confiado cuando debía verificar y desconfiado cuando debía confiar. He insistido demasiado y abandonado demasiado pronto. A veces tuve razón por las razones equivocadas y otras estuve equivocado haciendo todo aparentemente bien. Algunos de mis mejores aprendizajes comenzaron con una mala decisión.
También aprendí el valor de la paciencia y la perseverancia. Vivimos en tiempos de inmediatez, pero pocas cosas importantes se construyen de inmediato. Algunas decisiones necesitan tiempo para demostrar que eran correctas y algunas ideas requieren muchos intentos para funcionar. Emprender me enseñó a mirar más lejos y a entender que tener visión de largo plazo también significa saber esperar.
El ego es peligroso cuando las cosas comienzan a salir bien. Al principio uno escucha porque necesita escuchar y pregunta porque sabe que no sabe. Con los años uno sabe más, pero debería ser más consciente de todo lo que sigue ignorando.
Quizás por eso hoy entiendo la vulnerabilidad de manera diferente. Antes creía que quien dirigía debía tener respuestas. Hoy creo que una de sus responsabilidades más importantes es tener preguntas. Decir “no sé”, reconocer un error, cambiar de opinión o pedir ayuda no debilita el liderazgo. Muchas veces lo fortalece.
También cambia la definición del éxito. Los resultados siguen importando. Pero hoy aparecen otras medidas: las personas que encontraron una oportunidad, quienes construyeron una carrera, las familias que crecieron alrededor de los empleos creados, los proveedores que creyeron y los clientes que apostaron cuando había poco que mostrar.
Porque hablamos mucho del emprendedor, cuando emprender es una actividad profundamente colectiva. Nadie llega hasta aquí solo.
Esta semana se cumple el vigésimo aniversario de aquella aventura. Al mirar atrás veo errores que hoy evitaría, decisiones que volvería a tomar y momentos difíciles que fueron indispensables para llegar hasta aquí. Pero, por encima de todo, siento un enorme orgullo por el equipo que tengo el privilegio de liderar.
Cuando comencé creía que estaba construyendo una empresa. Hoy entiendo que también estaba construyendo relaciones, oportunidades, aprendizajes y, sin saberlo, buena parte de mi propia vida.
Y si tuviera que resumir este recorrido en una sola conclusión, no sería una fórmula de negocios ni un consejo para emprendedores.
Sería simplemente esta: valió la pena.