Cuando se apaguen las cámaras
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Al 17 de agosto, el terremoto de magnitud 7,4 con epicentro en San José del Palmar dejaba 289 fallecidos, 4.187 heridos, 143 desaparecidos y 120.328 familias damnificadas en 450 municipios de 15 departamentos, con pérdidas materiales preliminares por $30 billones. Cali y Pereira concentran las cifras más duras; Manizales, Armenia y Quibdó permanecen en alerta roja.
En medio del dolor, sin embargo, apareció la mejor cara de Colombia. La generosidad se desbordó. Empresas, iglesias, bancos de alimentos, artistas y miles de ciudadanos comunes se movilizaron con una velocidad conmovedora; muchos no preguntaron quién organizaba la campaña ni qué reconocimiento recibirían, simplemente ayudaron.
Las redes sociales, tantas veces territorio de la vanidad y el insulto, demostraron también su otra cara. El caso de las Hermanas Clarisas del monasterio de Montenegro es ilustrativo: una comunidad de clausura cuyo convento quedó gravemente dañado -hogar de veinticinco religiosas sin agua ni luz- se vio obligada a romper su silencio con una publicación en redes. La solidaridad respondió en horas. Unas contemplativas, aparentemente ajenas al ruido del mundo, terminaron enseñándole al mundo cómo se usa bien una herramienta pensada para el ruido.
Esto mitiga en algo el desastre digital: el influencer que llega a la zona con más cámaras que insumos, que convierte el dolor ajeno en contenido y que se hace filmar bailando con un fusil prestado de la Policía en Quibdó. Habrá quien lleve mercados de verdad. Pero cuando la lente pesa más que la ayuda, el gesto deja de ser solidaridad y se vuelve marca personal financiada por el sufrimiento de otros.
El gobierno también ha estado presente: la respuesta institucional inmediata a esta emergencia -declaratoria de emergencia económica, creación del Fondo Milagro, coordinación con 138 rescatistas de Estados Unidos, Ecuador e Israel- ha sido, en las circunstancias, razonable.
El problema es que la fase visible del desastre no es la más difícil. La solidaridad sigue el ritmo de las emociones: es intensa, inmediata, generosa, pero también puede ser pasajera. Mientras las imágenes de edificios derrumbados ocupen los noticieros, los centros de acopio se llenarán. Cuando las cámaras se marchen y aparezca otra noticia, las donaciones bajarán. El sufrimiento, en cambio, permanecerá.
Vienen fases menos fotogénicas. Primero, la sanitaria: la remoción de escombros libera polvos, hongos y partículas que aumentan las enfermedades respiratorias, y a eso se suman el hacinamiento en albergues, las lluvias y el agua insegura. Después, la más larga: la reconstrucción. Una vivienda puede levantarse en meses; una vida económica y emocional puede tardar años. Miles de personas tendrán que resolver dónde vivir, cómo pagar el arriendo, cómo recuperar el pequeño taller que era su sustento.
Ahí la red territorial de la Iglesia católica cumplirá un papel que ninguna institución del Estado puede sustituir. Cáritas Colombiana ya activó su Servicio Nacional de Emergencias. Hay párrocos en casi todos los municipios afectados, muchos de ellos verdaderos líderes comunitarios que conocen a las familias, las veredas y hasta los caminos hacia lo apartado. Esa red no compite con el Estado: llega donde el Estado no llega.
Los próximos meses exigirán una solidaridad menos emocional y más estratégica: pasar de mercados a arriendos temporales, de agua embotellada a acueductos restablecidos, de fotografías a rendición de cuentas. Colombia ya demostró que sabe conmoverse; ahora debe demostrar algo más difícil: que sabe perseverar. La verdadera generosidad no se medirá por lo que entregamos mientras el terremoto es noticia, sino por nuestra capacidad de seguir presentes cuando se apaguen las cámaras.