Tribuna Universitaria 28/02/2026

El rostro humano de la calle

Juan Manuel Nieves R.
Estudiante de Comunicación Política

Hace unos días, estábamos departiendo con varios amigos en un bar cuando entró un hombre en situación de calle pidiendo monedas. La reacción fue inmediata y casi automática: la mayoría lo miró mal, algunos se asustaron, otros pensaron -sin decirlo- “ojalá se vaya rápido”. En medio de esa escena, solo uno de los presentes lo miró como un ser humano y dijo: “pobrecito, ojalá le vaya bien”.

En Colombia, y especialmente en Bogotá, los habitantes de calle se han vuelto parte del paisaje. Y eso es lo más grave: que nos acostumbramos. No a la pobreza, sino a la exclusión; no al problema, sino a ignorarlo.

Bogotá, según el último Censo de Habitantes de Calle de la Secretaría Distrital, registró más de 9.500 personas viviendo en la calle. Son números fríos, pero detrás de ellos hay historias de ruptura familiar, enfermedad mental, desplazamiento, violencia y, en muchos casos, drogadicción severa. No son “vagos”, no son “amenazas”, no son “molestias”: son seres humanos rotos, muchas veces abandonados por el sistema y por sus propias familias.

En medio de esta realidad conocí el trabajo que desarrolla la Pastoral Social y el proyecto Domus, un esfuerzo articulado con la Arquidiócesis de Bogotá y la Secretaría Distrital de Integración Social, que intenta hacer lo que el Estado, por sí solo, no logra cubrir completamente: recuperar vidas que la calle ya había condenado. Domus funciona como un sistema con dos etapas.

La primera se desarrolla en un centro ubicado en Silvania, donde se trabaja la fase más dura: la desintoxicación y el abandono del consumo. Allí se enfrentan los efectos reales de la drogadicción. Es una lucha diaria contra la recaída, contra la ansiedad, contra el vacío. Incluso, el proyecto contempla que algunos habitantes de calle llegan con perros, sus compañeros de vida, y el centro cuenta con refugio para animales.

La segunda etapa ocurre en Fusagasugá, donde se desarrolla el proceso de reinserción. Domus se enfoca en formar a las personas en habilidades prácticas, capacitarlas en labores concretas y, en lo posible, ayudarles a conseguir empleo. Es el puente entre la rehabilitación y la vida real. En este recorrido conocí a la Hermana Elsa, capuchina terciaria, una mujer que representa el servicio silencioso y persistente.

Durante años, en apoyo del programa Domus, se dedicó a lo más difícil de todo este proceso: la primera aproximación. Esa es la etapa que casi nadie quiere asumir: no es bonita, no da aplausos, no da fotos; implica entrar al barro humano. La Hermana Elsa se metió en la vida de más de 80 habitantes de calle del sector de Las Cruces, en Bogotá. Les dio alimento, ropa, conversación, orientación y algo más escaso que todo eso: cariño. Lo hacía con una frase sencilla: “todo por Jesús”.

Y sostenía que en los ojos de cada habitante de calle estaba Dios, sufriendo con ellos. Si bien el Estado cumple un papel indispensable -y debe cumplirlo con mayor eficiencia- en la atención a los habitantes de calle, la labor de la Iglesia sigue siendo fundamental por una razón que trasciende la política pública: actúa por convicción, por amor a Dios y por reconocimiento de la dignidad humana.

Allí donde el aparato institucional ve cifras, estadísticas y presupuestos, la pastoral social intenta ver rostros, historias y sufrimientos concretos. Eso no significa ingenuidad: es claro que en algunos sectores existen dinámicas criminales, explotación e incluso bandas organizadas que se aprovechan de la vulnerabilidad de estas personas. Pero reconocer esa realidad no puede convertirse en excusa para la indiferencia.

Bogotá invierte miles de millones en programas sociales, pero la calle sigue creciendo, la droga sigue ganando, y si la sociedad no cambia su mirada, el problema nunca será solucionable.

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