Analistas 03/08/2026

De Plinio al perfecto idiota progresista

Juan Pablo Liévano Vegalara
Exsuperintendente de Sociedades

La semana pasada murió el escritor y periodista Plinio Apuleyo Mendoza (q. e. p. d.), quien fue un referente del periodismo y la literatura en Colombia. Gracias a su sobrino, Germán Riaño Mendoza, nos enteramos de que también fue compositor. Junto con el cantante español Miguel Ríos escribió una canción titulada “Latinoamérica”, en la que describe nuestra tierra como tierna y violenta a la vez, como un fuego en el Edén y con un futuro incierto. Además, fue guionista de una telenovela y pintor con palabras, sin lienzo ni óleo.

De toda su larga y apasionada vida destaco su impronta en la política y su lucha ideológica, habida cuenta de su transformación de izquierdista romántico en pragmático derechista. Como si se tratara de la metamorfosis de Franz Kafka, pero al revés, pasó de monstruo atormentado de izquierda a pragmático de derecha. En 1996, junto con Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa, escribió el icónico libro “Manual del perfecto idiota latinoamericano”, en el que sostuvieron que el atraso de América Latina no podía atribuirse exclusivamente a causas exógenas, como la intervención norteamericana, el imperialismo, el colonialismo, las multinacionales o la explotación extranjera, sino que también obedecía a causas endógenas. Indicaron que las élites intelectuales y la dirigencia política romantizaban las revoluciones, especialmente la cubana, y promovían las ideas socialistas de izquierda, impracticables como eje del desarrollo, como si el Estado, el proteccionismo, el gasto público y las nacionalizaciones fueran la respuesta, y no la empresa privada, la inversión extranjera, la competencia y el mercado.

Sus ideas están hoy más vigentes que nunca. Se aplican de cabo a rabo a los progresistas. La toma del poder ya no se produce mediante románticas revoluciones armadas ni a bordo del Granma, con barbudos defensores del pueblo que luchan contra dictadores. Ahora se lleva a cabo a través de un método más sutil y limpio: llegar al poder mediante el voto, con personajes elocuentes y majaderos; capturar después las instituciones; destruir la democracia, y perpetuarse en el poder, al estilo de Chávez o Maduro, robándose las elecciones o comprándolas con el presupuesto estatal; o, simplemente, como Ortega, eliminándolas.

El final es el mismo: la destrucción de la democracia y de sus instituciones, la devastación de la economía, la pérdida de las libertades y la miseria de los ciudadanos. Como se expone en el “Manual del perfecto idiota latinoamericano”, salvando las diferencias, ya no se recurre a la romántica lucha armada, sino a una lucha electoral manipuladora y mentirosa. De esta manera, se obtiene el poder para aniquilar las instituciones democráticas, las economías abiertas y la libertad individual.

En Colombia, el intento progresista pegó en el palo. Muchos creyeron en su falso discurso social y en la supuesta lucha contra la corrupción. Las ideas de estatización e intervención simplemente no funcionan.

Además, sus líderes son una horda de delincuentes ideologizados que se aprovechan de las necesidades del pueblo para saciar su vanidad. Mediante bodegueros prepago y propaganda estatal, difunden cantos de sirena que los perfectos idiotas progresistas creen y después repiten como cotorras. Como diría Plinio, son “espeluznantes huérfanos”, ahora del progresismo, ante la evidencia de su monumental fracaso.

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