“En estas elecciones, nos jugamos el país”
Suena a cliché cuando decimos: “en estas elecciones, nos jugamos el país”. En cada generación, en cada elección, lo repetimos. Recientemente, hemos tenido varias elecciones que marcaron nuestro destino como nación.
En 2002, la opción era entre Horacio Serpa y el apaciguamiento con los guerrilleros y el narcotráfico, versus la seguridad democrática y la confianza inversionista de Álvaro Uribe. En 2014 tuvimos otra disyuntiva, otro cruce de caminos: entre el proceso de paz de Juan Manuel Santos y la recuperación de la seguridad democrática con Óscar Iván Zuluaga.
La historia está dando la razón a quienes nos opusimos con férrea determinación y vehemencia a ese espurio proceso de paz, pues ahí, camuflados en la paz, estaban los verdugos de la democracia: personajes de complejas personalidades e ideologías antidemocráticas y populistas, como Gustavo Petro e Iván Cepeda.
En 2018, el país contuvo el tsunami petrista de la mano de Uribe. No fue suficiente. En 2022 pasó lo impensable: un exguerrillero déspota -aun cuando conservo mis dudas sobre si algunos guerrilleros pueden catalogarse realmente como exguerrilleros- llegó al poder.
El resultado no pudo ser más calamitoso. Nos sumió en una de las peores crisis como nación. Como gobernante, se dedicó a dividir y destruir las instituciones democráticas, atacándolas, desprestigiándolas, desmontándolas o simplemente cooptándolas. Deja profundas crisis: déficit fiscal y endeudamiento astronómico, mediocre crecimiento económico, inseguridad y narcotráfico desbordados, informalidad rampante, corrupción galopante, grandes posibilidades de un apagón, pacientes sin salud ni medicamentos y, lo más grave, desconfianza en el futuro del país.
Las cortes y el Banco de la República han sostenido la institucionalidad, a pesar de los ataques. El Legislativo ha debido ser más contundente, pues, a pesar de la oposición de muchos congresistas, otros le jugaron al Gobierno y a sus intereses, permitiendo el trámite de leyes inconvenientes e ilegales. Un nuevo gobierno de extrema izquierda completaría el trabajo de destrucción y toma institucional. Eso no lo podemos permitir.
El legado de Petro tenemos que mandarlo al olvido votando bien. Muchos amigos, conocidos y personas con las que he tenido la oportunidad de dialogar dividen sus amores y votos entre Paloma Valencia y Abelardo De la Espriella. No es una decisión ni un voto a la ligera. Hay que pensar en la segunda vuelta de 2026, pero también en las elecciones de 2030. Hay que escoger no solo a quien tenga mayores posibilidades de triunfar en la segunda vuelta de 2026, sino también a quien tenga la capacidad de unir al país en el próximo cuatrienio y reconstruir la confianza para que, en 2030, el petrismo y sus aliados no vuelvan al poder.
Por eso, votaré por Paloma Valencia, quien cuenta con mayor experiencia y conocimiento del Estado, además de un equipo político y técnico amplio y conocedor, por lo que tendrá mayor capacidad política y de gestión para generar confianza, unir al país y revertir la mala administración petrista.
Y no nos equivoquemos. Aun cuando haya preferencias, matices e incluso diferencias entre ellos, la disputa de fondo, al final del día, es con Cepeda y con el gobierno petrista que lo fomenta. La encrucijada es entonces evidente y, en estas elecciones, nos jugamos el país.