Analistas 27/09/2018

Hecho en China

Julián Arévalo
Decano, Facultad de Economía, Universidad Externado de Colombia

En los próximos meses será la inauguración de uno de los megaproyectos de ingeniería más importantes de la historia: el puente de 36 km sobre el océano pacífico, que conectará la China continental con las antiguas colonias de Macao y Hong Kong.

Quince años y cerca de US$20.000 millones tomó la construcción de esta obra con la que el país asiático busca posicionar la región como un centro de innovación y crecimiento económico. Pero esto es apenas una parte de la apuesta global que está haciendo China y frente a la que otros poderes se empiezan a rezagar.

Desde 2013, el presidente chino, Xi Jinping, viene impulsando la llamada “Iniciativa del Cinturón y la Ruta de la Seda”, que incluye el desarrollo a gran escala de autopistas, redes de fibra óptica, parques industriales, puertos, oleoductos y gasoductos.

Se trata de inversiones chinas en infraestructura en más de 60 países como Kazajistán, Myanmar e Indonesia, o incluso en Rusia y Ucrania; esto facilita el comercio con China, garantiza su seguridad energética y maximiza su influencia en la política y en la economía mundial.

En casos donde el país beneficiario muestra incapacidad de pago, por ejemplo, se han hecho concesiones en control territorial, como es el caso de Sri Lanka o Paquistán.

Pero tal vez la apuesta más grande de China en este momento se refiere a sus esfuerzos por convertirse en una ciber-superpotencia. Según Adam Segal, del Council of Foreign Relations, las iniciativas impulsadas desde el Gobierno chino apuntan a un internet que sea altamente controlado, de tal manera que impulse el desarrollo económico y desincentive la movilización política.

Busca reducir la dependencia tecnológica de otros países, y ejercer liderazgo en los campos de la inteligencia artificial, la computación cuántica y la robótica, al tiempo que fortalece sus sistemas de defensa a ataques cibernéticos.

Finalmente, China está interesada en promover la “ciber soberanía”: cambiar la noción de un internet libre, como se ha impulsado hasta ahora, por una en la que cada país pueda decidir su propio modelo de desarrollo cibernético y sus limitaciones.

Esto preocupa a muchos y con razón. Hace poco había un creciente optimismo por el papel que algunas de las nuevas tecnologías jugarían en el fortalecimiento de la democracia y la promoción de libertades básicas, algo de lo que fueron ejemplo las revoluciones en Irán y las de la primavera árabe.

Desafortunadamente, hoy el panorama es diferente, con un uso cada vez mayor de estas tecnologías para conocer gustos y preferencias de la gente, predecir sus comportamientos y, cuando sea necesario, controlarlos.

En algunos países es cada vez mayor la autocensura, con lo cual mucha gente se rehúsa a mirar ciertos contenidos digitales por temor a estar siendo observado por el aparato estatal; algo que, de hecho, ocurre cada vez con mayor frecuencia.

Y mientras China avanza en su intento de crear condiciones para tener una mayor influencia global, con el comercio y las tecnologías digitales, la respuesta que ha encontrado es propia del siglo XVIII: mayores aranceles, que empezaron con el acero y el aluminio y que progresivamente se han extendido a toda suerte de mercancías tradicionales.

Debería entenderse la necesidad de hacer apuestas por el desarrollo económico acordes a los desafíos del mundo moderno, y dejar de insistir en prácticas obsoletas.

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