Irán: negociación más allá de la mesa

Julián Arévalo

Uno de los errores más frecuentes de algunos negociadores es considerar que la contraparte solo la componen quienes se sientan al otro lado de la mesa y perder de vista que ellos son, usualmente, el camino para llegar a sectores más radicales. Dejar sin opciones al interlocutor o incumplirle lo pactado, lejos de mostrar fortaleza en la negociación, termina empoderando a las facciones que se oponen a ella y cuyo accionar amenaza con un escalamiento de la confrontación. El comportamiento equívoco de Donald Trump hacia Irán está logrando justamente eso.

El pasado mes de mayo, en una de sus típicas muestras de bravuconería, Trump decidió retirarse unilateralmente del acuerdo de desarme nuclear de Irán – impulsado por Barack Obama – y reimponer sanciones económicas del máximo nivel a la República Islámica. Esta decisión exacerbó las preocupaciones de los aliados europeos de Estados Unidos, que no solo veían en el acuerdo una posibilidad realista de evitar que Irán obtuviera armas nucleares en los próximos años, sino que también daba tranquilidad a las empresas con inversiones en ese país.

A partir de allí, la Unión Europea, China, Rusia y el presidente iraní, Hassan Rouhani, empezaron a trabajar por rescatar el acuerdo, con medidas orientadas a contrarrestar las renovadas sanciones estadounidenses. Sin embargo, Teherán ha sido claro en que está dispuesto a retirarse del acuerdo y llevar su proceso de enriquecimiento de uranio a niveles mayores, si la propuesta económica de la Unión Europea no es suficientemente atractiva. Más allá de lo que se logre salvar del acuerdo, las implicaciones de la decisión de Trump tienen un impacto especial sobre los sectores más radicales en Irán y sobre terceros.

Por un lado, se ha derrumbado la credibilidad de Rouhani – cuyas posiciones moderadas y de apertura social y económica lo habían convertido en objeto de críticas por parte de los sectores extremistas del país. El presidente iraní se ha visto obligado a buscar el apoyo de grupos radicales para mantenerse en el poder, como lo ha hecho aproximándose al clero, la rama judicial y los Guardias Revolucionarios – rama radical del ejército dedicada a defender el sistema islámico. Estos grupos se han opuesto a buscar acuerdos con Estados Unidos, por lo que, en el contexto actual de rechazo a lo pactado, se sienten reivindicados en sus posiciones y con mayor poder para relacionarse con el gobierno.

Por otro lado, al tiempo que se empodera a estos sectores, Irán amplía su agenda internacional y esgrime razones de seguridad nacional para mantener su presencia en Siria, con lo que estrecha cada vez más sus lazos con el gobierno ruso de Vladimir Putin. De hecho, recientemente se conoció el interés de Moscú de hacer inversiones por US$50.000 millones en el sector energético iraní.

Este patrón de comportamiento está lejos de ser exclusivo de los sectores fundamentalistas islámicos, o de la República de Irán; por el contrario, en toda confrontación hay grupos más proclives a la negociación y otros que se oponen a ella. Como en el caso del acuerdo de desarme nuclear de Irán, debilitar a quienes han trabajado por una salida negociada solo termina empoderando a los grupos más radicales, con consecuencias como el escalamiento irracional del conflicto y una mayor polarización. De mucho serviría en nuestro contexto tomar atenta nota de las lecciones que deja este caso.

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