El pasaporte de la IA
viernes, 18 de septiembre de 2026
Julián Moreno Barón
El comercio mundial de los bienes que hacen posible la inteligencia artificial alcanzó US$4,05 billones en 2025. Según el BID, 94% correspondió a productos de complejidad tecnológica alta o muy alta. América Latina importó US$227.500 millones y exportó US$165.800 millones, pero México concentró 93% de esas exportaciones. Nuestra participación en la nueva economía digital sigue estando más cerca del consumo que de la producción.
La inteligencia artificial tampoco vive solamente en algoritmos o en una nube inmaterial. Necesita semiconductores, servidores y centros de datos capaces de almacenar información y prestar servicios digitales a gran escala. La Agencia Internacional de Energía calcula que el consumo eléctrico de estas instalaciones pasará de 485 teravatios hora en 2025 a 950 en 2030: más que el consumo actual de Japón.
Entretanto, Odata, controlada por la estadounidense Aligned Data Centers, anunció una inversión de US$1.300 millones en dos campus en la sabana de Bogotá, con capacidad conjunta de 144 megavatios. Gran parte de la infraestructura existente también pertenece a grupos extranjeros como Equinix, Cirion y KIO. No es casualidad: Colombia ofrece una demanda digital creciente, conexión mediante 12 cables submarinos, un clima que reduce los costos de refrigeración, una matriz eléctrica relativamente limpia y beneficios de zona franca.
La expansión es real. La estrategia nacional, todavía no.
El Conpes de Inteligencia Artificial de 2025 ordenó diseñar un instrumento para facilitar la creación de centros de datos a hiperescala. Existen también un Plan Nacional de Infraestructura de Datos y tres centros públicos especializados en IA. Sin embargo, Colombia aún no cuenta con una política que articule energía, agua, localización, tributación, competencia, investigación y desarrollo de proveedores nacionales.
Si una empresa utiliza nuestro territorio, demanda nuestra energía, recibe beneficios tributarios y no está obligada a dejar capacidades productivas, ¿la llamaríamos desarrollo? La novedad de la inteligencia artificial no debería ocultar una estructura conocida: Colombia aporta la base material, mientras la propiedad, la tecnología y las rentas se concentran fuera del país.
Alojar servidores no garantiza soberanía digital. Sin transferencia tecnológica, capacidad pública de cómputo, talento y encadenamientos nacionales, podemos cambiar una dependencia basada en materias primas por otra basada en datos y procesamiento.
El nuevo gobierno propone convertir a Colombia en el “hub tecnológico de las Américas”. Pero ¿realmente le interesa gobernar estas inversiones y discutir cómo se distribuye su valor? Su orientación económica parece confiar en que atraer capital extranjero es, por sí mismo, producir desarrollo. En esta industria, esa equivalencia resulta especialmente peligrosa.
La respuesta no es cerrarles la puerta a las inversiones. Es gobernarlas. Antes de facilitar suelo, conexiones eléctricas e incentivos, Colombia debe definir qué obtiene por cada megavatio: formación especializada, proveedores nacionales, investigación aplicada y acceso a capacidad de cómputo para universidades, empresas locales y entidades públicas.
Instalar centros de datos puede traer inversión. Convertirlos en conocimiento, productividad y capacidades nacionales es desarrollo.
Confundir ambas cosas sería digitalizar la dependencia.