El peor vicio
El peor vicio del presidente no es el que muchos creen. Es otro: su adicción al victimismo. Una excusa “moral” que termina definiendo su manera de gobernar. Ayn Rand lo habría visto con claridad: el victimismo se utiliza como una forma de manipulación para ejercer poder arbitrariamente. Quien se instala como víctima permanente termina sintiéndose autorizado para segregar, agredir y destruir sin asumir responsabilidad.
La venganza habilitada desde el victimismo expropia, amenaza e ignora responsabilidades, límites, división del poder, fallos judiciales, cualquier contención. El victimismo no acepta límites ni convive con la justicia -ni la civil ni la penal-: la reemplaza. La justicia estorba porque exige pruebas, procedimientos, responsabilidad individual e igualdad ante la ley, mientras el victimista solo necesita un relato “moralmente habilitante”. Para el presidente, las instituciones no constituyen un límite ni un sano contrapeso, sino un “bloqueo”, un entrampamiento, una conspiración.
Frente a la agresión, muchos ceden. Los señalados sin juicio por el victimista retroceden ante la presión. Negocian, buscan aprobación, ofrecen mesas de diálogo, guardan silencio. Creen que ceder contiene el afán vengativo, pero ocurre lo contrario: ceder incentiva y retroalimenta la agresión. Con quien usa el victimismo como estrategia, la concesión no apacigua: escala la exigencia. Lo saben banqueros, mineros, ganaderos, aseguradoras, fondos de pensiones, gobernadores y alcaldes. Ceden esperando piedad o consenso, pero terminan expuestos a mayor presión y al señalamiento público como culpables de hechos que no han cometido.
La situación empeora cuando la realidad desmiente el relato. El victimista puede victimizarse aún más o empujar a otros a la confrontación -incluso a justificar la violencia- con tal de doblegar a su “contrincante”. Es la lógica del resentimiento: si no logro someter, destruyo todo hasta que se haga lo que yo diga.
En el fondo, el victimismo opera como una estrategia de sometimiento que delata la fragilidad moral del gobernante. Cuando esa lógica se convierte en forma de gobierno, abre la puerta a la tiranía. Ese es el mecanismo más sofisticado del victimismo: causar daño al país mientras se posa como víctima permanente. Las políticas erosionan y la sociedad se divide. La inversión se retrae, el empleo se precariza, la inflación persiste, escasean medicamentos, se asfixian empresas, los impuestos no alcanzan y los hospitales no son remunerados.
Por eso, más allá del programa y de las promesas, es decisivo identificar la estatura moral de quien gobierna y de quien gobernará a partir del próximo 7 de agosto. La verdadera primera política es esa: la moralidad impregna todas las acciones gubernamentales. De ella depende el respeto de lo mínimo para que un Estado funcione sin exacerbar la agresión: gobierno con límites, respeto al ciudadano, instituciones que juzgan y sancionan atadas a reglas conocidas, claras y permanentes; no el uso del poder para doblegar a los demás, ni a otras ramas, ni al país bajo el chantaje de la destrucción. Con el chantaje no se negocia.
Ahí está la línea divisoria: la que separa a un gobernante de un tirano, y a los ciudadanos, con voz y voto, de simples súbditos. Ojalá en las próximas elecciones la moral sea el primer filtro del voto y el victimismo deje de ser el eje de polarización de la sociedad colombiana.