Analistas 09/05/2026

Acto de valentía

Leticia Ossa Daza
Socia Directora Práctica LatAm Paul, Weiss NY

En una ocasión, mi mamá me dijo algo que nunca olvidé: “Ser mamá es convertirse en una almohada que se dobla, se aplasta, se apachurra y siempre vuelve a su forma inicial, a su estado de amor absoluto”.

En ese momento me pareció una frase simple, curiosa. Hoy entiendo que era una definición profundamente precisa de la maternidad.

Vivimos en una época que admira la eficiencia, la productividad y la capacidad de resistir sin quebrarse. Sin embargo, pocas veces se habla de otro tipo de fortaleza: la de quienes sostienen, absorben, contienen y, aun así, encuentran la manera de volver al amor. Tal vez por eso la maternidad no es solamente un vínculo biológico o una experiencia personal. Es una de las expresiones más radicales de resiliencia emocional que existen.

Nueve meses de espera -dulce y no tan dulce- son apenas el comienzo. Desde el instante en que una vida empieza a crecer dentro de otra, algo cambia para siempre. La paciencia adquiere otro significado. El miedo también. Y aparece una forma de amor difícil de explicar desde la lógica, porque no opera bajo condiciones, contratos ni reciprocidades exactas.

Es un amor que expande. Que multiplica la capacidad de sentir. Que puede dejar sin aire por preocupación y, al mismo tiempo, llenar completamente una vida de sentido.

Ser mamá también transforma la relación con la vulnerabilidad. Nos convierte en personas capaces de librar batallas que jamás habríamos imaginado pelear por nosotras mismas.

Hay una valentía silenciosa en desvelarse, en sostener, en acompañar, en volver a empezar después del agotamiento. Una valentía que rara vez aparece en los discursos sobre liderazgo, aunque probablemente sea una de sus formas más puras.

Con el tiempo he entendido que muchas madres viven exactamente como describía mi mamá aquella almohada: se doblan ante las dificultades, se aplastan bajo el peso de las responsabilidades, se deforman con las exigencias de la vida cotidiana y, aun así, encuentran la manera de regresar a su estado inicial. Al amor.

Quizás por eso el amor de una madre tiene algo que Erich Fromm comparaba con la paz: no necesita ser adquirido ni merecido. Simplemente existe. Nos sostiene incluso cuando no somos conscientes de ello.

Ser mamá ha sido el reto más grande y más transformador de mi vida. Me ha obligado a crecer, a revisar mis prioridades, a entender que la verdadera fortaleza no siempre está en controlar, sino, muchas veces, en cuidar.

Mi acto de valentía se llama Valentina.

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