Al oído de mi mamá
Hay conversaciones que no se terminan cuando alguien se va. Cambian de forma. Se vuelven susurro, memoria, eco interno. Desde que no estás, mami, te hablo así: al oído. No para pedir respuestas, sino para seguir afinando la manera de estar viva.
Para mí siempre fuiste goce, alegría, generosidad, solidaridad, autenticidad. Eras música antes de ser palabra. Eras luz antes de ser explicación. Amabas bailar. Para ti el cuerpo era una forma de pensamiento, una manera de decir lo que las palabras no alcanzaban. Hace unos días, en la Librería Nacional, me hablaste de Isadora Duncan. Para ti, ella era libertad sin máscara, verdad sin pose. Decía que la danza es el movimiento del universo concentrado en una persona. Cuando tú bailabas, eso se sentía así: el cuerpo recordando algo esencial, respirando sin miedo, confiando, soltándose, habitando el presente. Viéndote entendí que vivir no es controlar, es entregarse con conciencia.
Me enseñaste el amor por las cosas simples. A mirar los amaneceres como si fueran estreno. A agradecer los atardeceres como si fueran despedida. A perseverar cuando algo importa de verdad. A no hacerme pequeña frente al mundo. A ser fiel a lo que soy, incluso cuando no es cómodo. Me enseñaste a volar sin perder el piso.
Soy la mujer que soy por ti y por mi papá. Por tu coherencia, por tu alegría, por tu manera de estar en la vida sin pedir permiso. Durante años me repetiste, casi como un ritual silencioso, que yo era la niña más linda del mundo. No lo decías como halago, sino como convicción. Con eso me enseñaste algo más profundo que la vanidad: la posibilidad de habitarme sin pedir permiso, de creer en mí antes de tener evidencias, de no depender del espejo externo para sentirme suficiente. Esa certeza no se fue nunca. Me dio raíces y alas al mismo tiempo. Seguridad sin encierro. Libertad sin vértigo.
Hoy entiendo que ese es uno de los mayores regalos que puede dar una madre, y también uno de los mayores activos para la vida adulta, una confianza interna que no depende del aplauso, una brújula propia que permite tomar decisiones difíciles sin traicionarse. En un mundo obsesionado con el rendimiento, tú me enseñaste algo más profundo: la dignidad de la autenticidad, la inteligencia emocional de la alegría, la disciplina invisible de la gratitud.
Te voy a extrañar de una manera que no cabe en palabras. Pero incluso en este dolor hay una claridad serena: te honraré viviendo. Comer más helados. Abrazar más. Decir más “te quiero”. Bailar y cantar sin razón. Elegir la vida con goce y con valentía. No endurecerme. No olvidarme de mirar el cielo.
Gracias a la vida por ti, mami. Vives en mí, en tus nietas, en cada persona que tocaste con tu energía y tu amor. Ese es tu legado: una forma luminosa de habitar el mundo. Seguiré caminando, sonriendo, construyendo. Todo lo que soy lleva tu huella. Tus canciones siguen sonando en mi manera de mirar la vida. Tu baile aparece cada vez que confío, que me dejo llevar, que elijo no tener miedo.
Te hablo al oído, mami, porque así te siento: cerca, clara, acompañándome todavía, siempre.