Los líderes con visión pueden decidir el futuro que quieren construir y después construirlo.
Parece obvio. No lo es. Pasamos buena parte del tiempo tratando de anticipar lo que viene: qué hará la economía, hacia dónde irá la tecnología, qué industrias crecerán. Pero algunos de los grandes cambios de la historia no nacieron de predecir el futuro, sino de imaginar uno distinto y empezar a construirlo.
En mayo de 1961, John F. Kennedy se presentó ante el Congreso de Estados Unidos y propuso llevar un hombre a la Luna y traerlo de regreso antes de terminar la década. La dimensión de la apuesta se entiende mejor con un dato: apenas 20 días antes, Alan Shepard se había convertido en el primer estadounidense en viajar al espacio, en un vuelo suborbital de 15 minutos. Estados Unidos todavía no había puesto un hombre en órbita. Ocho años después, Neil Armstrong caminaba sobre la Luna.
Kennedy definió el destino antes de conocer el camino. La meta obligó a desarrollar tecnología, infraestructura, conocimiento y talento que todavía no existían. No se trataba solamente de imaginar el futuro, sino de tomar decisiones en el presente para hacerlo posible.
Las empresas hacen algo parecido. Jensen Huang cofundó Nvidia en 1993 alrededor de los gráficos para computadores y videojuegos. En 2006, la compañía lanzó Cuda, una plataforma que permitió utilizar la capacidad de procesamiento de sus chips para mucho más que gráficos. Científicos e investigadores comenzaron a emplearla para resolver problemas computacionales complejos. Años después, esa capacidad resultaría fundamental para el desarrollo de la inteligencia artificial. Huang no necesitaba saber exactamente cómo sería el mundo de hoy. Lo importante fue construir una capacidad antes de que estuviera claro todo lo que permitiría hacer.
He pensado en estas historias durante conversaciones recientes sobre Colombia. Es inevitable hablar de crecimiento, inversión, energía, infraestructura, tecnología o minerales. Pero cuando el horizonte se extiende hasta 2050, aparece una perspectiva diferente: muchas de las capacidades que determinarán el lugar de Colombia en ese mundo empiezan a construirse hoy.
Los 24 años que faltan pueden parecer una eternidad, pero para transformar un país no lo son. La infraestructura que tendremos entonces empieza a decidirse ahora. También el talento que formemos, las capacidades tecnológicas que desarrollemos, las fuentes de energía que aprovechemos y las industrias en las que podamos competir. Algunas de esas conversaciones ya están ocurriendo, y quizás lo interesante sea conectarlas con una mirada de largo plazo que trascienda los ciclos políticos y económicos.
¿Qué queremos hacer excepcionalmente bien como país? ¿Qué capacidades debemos seguir construyendo para conseguirlo? Pensar en Colombia 2050 no significa saber cómo será el futuro. Significa tener una dirección clara para que las decisiones de hoy amplíen las posibilidades de mañana.
Hace unas semanas escribí que Colombia vuelve a estar en el radar. Estar en el radar es una oportunidad. El siguiente paso es levantar la mirada más allá de la coyuntura y pensar no solamente en el país que somos, sino en el que podemos construir.