¿Competir o trascender?
En abril de 2023 escribí en esta columna sobre el fenómeno Bad Bunny. En ese momento el argumento era, sobre todo, cultural. Tres años después, la conversación es otra: su fenómeno se analiza mejor desde datos de audiencia, alcance global y valor económico.
Esta semana Bad Bunny volvió a estar en primera plana al ganar un Grammy por su más reciente álbum, “Debí tirar más fotos”. El disco no solo fue bien recibido por la crítica; también confirmó algo relevante para la industria: la capacidad de lanzar un proyecto profundamente local, emocionalmente introspectivo y, aun así, comercialmente dominante. No hubo giro hacia el pop global ni concesiones de idioma. Hubo autenticidad.
Ese mismo enfoque se reflejó en uno de los movimientos más interesantes de su carrera reciente: la serie de conciertos en Puerto Rico. Al concentrar presentaciones en la isla, Bad Bunny activó un efecto multiplicador poco común: turismo, ocupación hotelera, consumo local y visibilidad internacional. Desde el punto de vista del negocio del entretenimiento, fue una decisión atípica pero eficaz. En lugar de maximizar volumen de fechas, maximizó una narrativa.
Ahora, Bad Bunny se prepara para aparecer en el escenario de mayor impacto mediático del entretenimiento estadounidense: el Super Bowl.
El Super Bowl no es solo deporte. Es uno de los productos de atención más sofisticados del mercado. Reúne a más de cien millones de espectadores en tiempo real, genera interés durante semanas y fija precios publicitarios que superan los siete millones de dólares por treinta segundos. Ese valor no se explica por el juego en sí, sino por la rareza del momento en una industria donde la atención es el recurso más escaso: millones de personas mirando lo mismo, al mismo tiempo.
Dentro de ese ecosistema, el Halftime Show es el punto de mayor audiencia del evento y funciona como una plataforma de comunicación. Para marcas y artistas, esos trece minutos son uno de los espacios más eficientes de exposición que existen hoy.
Por eso la elección del artista no es casual, es estratégica. Se busca a quien pueda crear ese pico de atención y extenderlo más allá del evento. Bad Bunny llega con cifras que respaldan esa decisión: liderazgo sostenido en streaming, y una audiencia joven, global y altamente activa en las plataformas digitales.
La audiencia latina también es parte central de esta ecuación pues representa cerca de una quinta parte de la población de Estados Unidos. Y desde esa lógica, la presencia de Bad Bunny en el Super Bowl optimiza el evento.
Al final, lo relevante no es solo que Bad Bunny esté en el Super Bowl o que haya ganado otro Grammy. Lo relevante es que supo conectar álbum, territorio, giras y grandes escenarios bajo una misma lógica de negocio, haciendo énfasis en su autenticidad. Y, una vez más, nos puso a todos a bailar a su ritmo.
Además, el Super Bowl contará con Christian González, de origen colombiano, cornerback de los New England Patriots, una de las posiciones más exigentes del fútbol americano.