Analistas 15/07/2026

La calma también se entrena

Leticia Ossa Daza
Socia Directora Práctica LatAm Paul, Weiss NY

Cuando Colombia quedó eliminada del Mundial frente a Suiza en la tanda de penaltis, el debate se centró en la técnica de los cobradores. Sin embargo, cuando un jugador camina desde la mitad de la cancha hacia el punto penal, la diferencia ya no suele estar en la técnica. La verdadera batalla ocurre en otro lugar: en la mente.

Bajo presión, el cerebro cambia. La frecuencia cardíaca aumenta, la atención se dispersa y aparecen pensamientos que durante el entrenamiento nunca estuvieron allí: ¿y si fallo?, ¿y si decepciono a todo un país?, ¿y si este momento define mi carrera? El desafío consiste en impedir que esa conversación interna interfiera con un movimiento repetido miles de veces.

Por eso resulta tan fascinante observar a los grandes deportistas. Nadal acomodaba obsesivamente las botellas, se tocaba la nariz, la oreja y el hombro antes de cada punto. Curry repite el mismo ritual antes de cada tiro libre. Phelps escuchaba la misma música y visualizaba cada brazada antes de lanzarse a la piscina.
Desde afuera pueden parecer manías o supersticiones. En realidad, son herramientas para gestionar la presión. Estos gestos reducen el ruido mental, devuelven la atención al presente y generan una sensación de control en medio de la incertidumbre.

La psicología del deporte lleva años estudiando las llamadas pre-performance routines. La evidencia muestra que estas secuencias ayudan a mantener la concentración, reducen la ansiedad y facilitan que el deportista ejecute habilidades que ya domina. No eliminan los nervios; impiden que el miedo tome el control.

La lección trasciende el deporte. Antes de una negociación compleja, una presentación ante una junta directiva o una conversación difícil, muchos líderes también tienen sus propias rutinas. Algunos llegan con varios minutos de anticipación. Otros revisan sus argumentos en el mismo orden, escriben las tres ideas esenciales o permanecen unos minutos en silencio antes de entrar a la sala. No porque crean que esos gestos cambian el resultado, sino porque les permiten llegar con la mente donde necesita estar.

Con frecuencia asociamos el liderazgo con la capacidad de improvisar. Sin embargo, quienes mejor responden bajo presión suelen improvisar menos de lo que imaginamos. Han construido sistemas que les permiten rendir cuando las emociones amenazan con imponerse. Entienden que la disciplina no limita la creatividad; la protege.

La confianza no nace de convencerse de que todo saldrá bien. Nace de haber repetido tantas veces un proceso que, incluso cuando el entorno parece desbordarse, el siguiente paso sigue siendo evidente.
Ningún deportista controla el viento, el ruido del estadio o la reacción del arquero. Ningún líder controla el mercado o la economía. Lo único que realmente puede controlar es cómo se prepara y responde cuando llega el momento decisivo.

Las rutinas no garantizan la victoria. Lo que sí hacen es recordarnos que, cuando el resultado deja de depender por completo de nosotros, siempre queda la manera en que nos preparamos y la forma en que respondemos bajo presión. Al final, el verdadero control nunca estuvo en el marcador, sino en la ejecución.

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