Analistas 17/03/2026

La ventaja de sentirse fuera de lugar

Leticia Ossa Daza
Socia Directora Práctica LatAm Paul, Weiss NY

Este fin de semana estuve en el MIT moderando un panel en la Latin America Business Conference, organizada por MIT Sloan y Harvard Business School. Durante dos días, emprendedores, inversionistas, ejecutivos y académicos discutieron el futuro económico de América Latina: fintech, venture capital, tecnología, liderazgo y el lugar de la región en un mundo cada vez más competitivo.

Pero hubo una idea que apareció repetidamente en conversaciones dentro y fuera de los paneles. Algo que rara vez surge en los discursos oficiales: la sensación de no pertenecer del todo.

Fundadores que llegaron a Silicon Valley desde América Latina. Ejecutivos que comenzaron sus carreras lejos de los centros tradicionales del poder financiero. Mujeres que entraron a industrias donde durante décadas casi no había otras como ellas.

En distintos momentos aparecieron las mismas palabras: síndrome del impostor, sentirse fuera de lugar. Ese eco me hizo pensar en un libro que terminé recientemente: Streetwise, las memorias de Lloyd Blankfein, quien fue CEO de Goldman Sachs durante uno de los periodos más complejos de la historia reciente de los mercados.

Blankfein creció en Brooklyn, muy lejos del mundo que décadas después terminaría liderando. Incluso después de estudiar en Harvard College y Harvard Law School, describe cómo durante años sintió que no encajaba del todo en los espacios donde trabajaba. Era más joven que muchos de sus colegas, físicamente más pequeño y culturalmente fuera de ritmo con el entorno dominante de Wall Street. Incluso hoy reconoce que, en ciertas salas, todavía se siente “ilegítimo”.

Paradójicamente, esa incomodidad terminó siendo parte de su ventaja.

Sentirse un poco fuera del sistema lo liberó de algo que a veces paraliza a las organizaciones grandes: el respeto excesivo por las ideas recibidas y por la jerarquía del organigrama. Blankfein no había sido formado dentro del molde tradicional de Wall Street, así que no sentía la misma obligación de pensar como todos los demás.

Su generación vivió, además, una transformación profunda en los mercados financieros. Los trading desks de los años ochenta todavía operaban con intuición y experiencia, pero empezaban a incorporar modelos cuantitativos, tecnología y nuevas formas de medir el riesgo.

Una anécdota del libro ilustra bien ese momento de transición. En una ocasión, su equipo intentaba digitalizar un registro de operaciones. Nadie podía encontrar el libro original. Finalmente supieron que alguien se lo había llevado, pues todavía era un cuaderno escrito a mano.

Las instituciones modernas nacen muchas veces en ese espacio incómodo entre el viejo sistema y el nuevo. Algo parecido ocurre hoy en América Latina. Algunas de las compañías más interesantes de la región están siendo construidas por personas que, en algún momento de su trayectoria, sintieron que no encajaban completamente en el molde tradicional y, quizás por eso, están dispuestas a cuestionarlo.

La historia empresarial muestra que, muchas veces, quienes cambian las reglas son precisamente quienes nunca se sintieron totalmente cómodos dentro de ellas. Y, en momentos de transformación, las organizaciones no avanzan gracias a quienes encajan perfectamente en el sistema, sino gracias a quienes se atreven a cuestionarlo.

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