Analistas 20/01/2026

Lo que perdura

Leticia Ossa Daza
Socia Directora Práctica LatAm Paul, Weiss NY

Ayer, después del último adiós, compré un libro.

No fue una decisión pensada ni simbólica. Fue un gesto simple, casi automático. Entré a la Librería

Nacional, pedí un café con helado -como si el cuerpo necesitara algo frío para despertar y algo dulce para aliviar la pesadez de estos días- y ahí estaba: “Mujeres del alma mía” de Isabel Allende.

No lo busqué. Me encontró.

El título me detuvo. Mujeres. Alma. Vida. Amor impaciente. Brujas buenas. Y una de las escritoras favoritas de mi mamá. Pensé en mi mamá. En la mujer que fue. En su manera de estar en el mundo, de amar sin reservas, de tomarse la vida en serio sin perder la alegría. Pensé en su fuerza, en su elegancia, en su risa. En su manera tan suya de habitar lo cotidiano.

Abrí el libro y leí algunas páginas ahí mismo. Sin apuro. No para distraerme ni para buscar respuestas. Leí como quien acepta que la vida, incluso después de una despedida definitiva, sigue ofreciéndose en gestos pequeños. No como consuelo, sino como presencia.

Un libro.

Un café con helado.

Una tarde cualquiera después de decir adiós.

Durante años he pensado la vida desde la razón, desde el esfuerzo, desde la idea de que entender es una forma de control. He crecido entrenada para leer, para aprender, para trabajar las cosas hasta desarmarlas. Para creer que, si comprendía lo suficiente, podría sostener el orden.

Esta semana iba a Harvard Business School y tenía pensado usar “El Principito” como punto de conexión con el grupo que iba a liderar. Hablar de liderazgo, desde lo esencial, desde aquello que no se ve pero que sostiene todo lo demás. No imaginé que esa frase volvería a mí ahora, en este contexto, con un peso distinto: lo esencial es invisible a los ojos.

Quizá por eso la muerte no se deja entender desde la lógica ni desde los hechos médicos, por más precisos que sean. Quizá no se trata de explicarla, sino de aceptarla como parte del mismo tejido que llamamos vida. No como su opuesto, sino como su límite inevitable, ese que nos obliga a mirar con más atención lo que antes dábamos por sentado.

Encontrar ese libro ese día no fue una señal ni un mensaje cifrado. Fue continuidad. Una manera discreta de entender que la vida no se interrumpe de golpe, sino que cambia de forma. Que hay cosas que no se van con el cuerpo. Que lo fundamental no desaparece porque nunca estuvo del todo a la vista.

Tal vez la muerte sea eso: el momento en que lo invisible se vuelve imposible de ignorar. El momento en que entendemos que lo esencial no se puede medir, ni controlar, ni retener, pero sí reconocer.
Y mientras tomaba ese café con helado, con el libro abierto frente a mí, pensé que quizá vivir -de verdad vivir- es aprender a mirar mejor. A ver más allá de lo evidente. A aceptar que la vida y la muerte no están enfrentadas, sino entrelazadas, como parte del mismo misterio.

Lo esencial es invisible a los ojos.

Y, sin embargo, sigue ahí.

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