En 1958 el psicólogo Harry Harlow separó a unos monos recién nacidos en jaulas individuales. Tenían comida, calor, protección y una figura de alambre a la que podían aferrarse. Eso parecía suficiente para mantenerlos vivos y no lo fue. Se volvieron ansiosos. Se aislaron. Algunos dejaron de comer. El experimento no fue tan brutal como sus resultados. Para un primate la alimentación y la seguridad no alcanzan. Hace falta conexión. Algunos aún dudan de nuestros lazos con los primates y muchos más, de que podemos prescindir de los lazos sociales significativos.
Todos podemos pasar los días resolviendo asuntos con otros pero llegar a casa sin haber sostenido una conversación valiosa que nos vinculara realmente con alguien. Contestamos mensajes, participamos en reuniones, saludamos, hablamos por segundos en ascensores y eso puede sentirse perfectamente como parte de ser una persona funcional. Pero relacionarse de verdad implica mucho más que intercambiar palabras.
El cerebro tiene que leer un gesto, interpretar una expresión, recordar lo que alguien dijo hace una semana. Ajustar una respuesta, detectar una emoción, calcular si un chiste cayó bien, entender cuándo conviene hablar y cuándo escuchar. Estar con otros es una tarea cerebral de enorme complejidad que podemos hacer sin ni siquiera pensarlo.
La neurociencia social estudia precisamente esa maquinaria que utilizamos para representar a otras personas y responder a ellas. Una sonrisa compartida, el contacto visual, la empatía. Cada encuentro activa circuitos importantes para el funcionamiento del sistema nervioso. La relaciones profundas están asociadas con una mejor capacidad para enfrentar el estrés y con una mayor reserva cognitiva durante el envejecimiento. ¿Qué ocurre entonces cuando empezamos a vivir con cada vez menos encuentros humanos?
Después de la pandemia se disparó un estilo de vida con menos interacción presencial. El trabajo remoto redujo conversaciones. Comprar algo dejó de exigir hablar con alguien. El médico, incluso psicólogos y psiquiatras, pasaron a ser parte de un recuadro en la pantalla. En estos años la vida cotidiana se volvió más eficiente y al mismo tiempo más aislada. No solo es cuánto tiempo pasamos acompañados, también cuánto pasamos sin que otro cerebro nos obligue a salir del nuestro. Hay una diferencia enorme entre estar cerca de personas y encontrarse con ellas. Es por eso que llega el momento de revisar con objetividad la vida social.
El cerebro necesita a otras personas para funcionar plenamente. Tu cerebro necesita amigos. Así el Dr. Ben Rein llamó a su libro donde explica, a través de la neurociencia, la verdadera relevancia de la conexión humana. Ese órgano en tu cabeza de tan solo un kilo y medio de peso en promedio, es el principal y mas complejo del planeta… pero necesita de otros para funcionar plenamente.