El impacto es instantáneo. Ver la foto de tu versión adulta abrazando a ese niño que fue, hace que muchos terminemos en lágrimas. Es una de esas tendencias de la inteligencia artificial que une el yo de hoy con el yo de ayer. Pero, además de sorprender por su realismo, puede mostrar que hay heridas de niños que persisten y están abiertas, por muy feliz que haya sido la infancia. No es un tema sencillo de aceptar. Tampoco uno al que todos le crean.
No se trata de culpar a quienes nos dieron todo. Crecer en un hogar sin carencias evidentes no es garantía de escudo. “Heridas” es sólo el término genérico que agrupa miedos, traumas, vacíos, que no hemos logrado comprender y patrones de conducta que nos condenan a perpetuar el dolor. El problema nunca fue lo que pasó. es la interpretación que le dimos y se quedó en nosotros.
Esas heridas son el mapa por el que transitamos inconscientemente y que pueden condenarnos a existir en círculos emocionales. No es difícil visualizarlo. Si de niño sentí el rechazo, de adulto buscaré sin saberlo los vínculos que me rechacen. Si viví el abandono, seré yo quien se vincula con la persona emocionalmente no disponible. El cuerpo obedece el patrón que la mente no ha logrado identificar. La herida infantil que creíamos sanada, demuestra el poder que ejerce sobre el adulto.
Hay un error muy común, por ejemplo. Padres que convierten a sus hijos en pequeños confidentes emocionales. En ellos desahogan sus frustraciones como pareja. Les cambian los cuentos de hadas y superhéroes por los de la infidelidad que sufrieron, por los que demuestran lo detestable que es mamá o papá. Por aquellos de los conflictos que desembocaron en un divorcio. Resaltan, incluso, lo bueno de qué ahora es ser que también les dio la vida, se encuentre bien lejos y ojalá pagando el daño causado.
Esos adultos del mañana son cargados de estrés, rabia y heridas de tradición que ni les pertenecen, ni estaban preparados para recibir. Una pesada carga emocional que el niño asume como propia. La ruptura fue su culpa. Aunque no lo diga, se lo cree. La verdad para ese niño décadas después, siempre ha estado a su lado, pese a que el “adulto responsable” que ahora es, no la haya encontrado.
Todo lo que necesitas está dentro de ti. Sólo tú puedes cambiar la interpretación que te ancla. Abraza ese pequeño para contarle la verdad que entendiste de grande. Dile con ternura que entiendes su herida. Consuélalo con el derecho que tienes del auto cuestionamiento productivo. El que te posibilita ese infantil y tierno abrazo que tanto necesitas. El que en algún punto te quedaste esperando para dejar caer lo que tanto pesa.
De esa transformación, de la necesidad de liderar nuestro propio adulto con las herramientas que no recibimos de pequeños, de reencontrarnos y darle cara a lo que nos marcó, escribe la doctora María Alejandra Ruiz en su libro ‘El niño que fui el adulto que elijo ser. Sana tus heridas emocionales y vive sin culpas ni resentimientos’.