Confundir estar ocupado con producir es uno de los errores más comunes en cualquier empresa. Podemos pasar ocho horas trabajando y terminar el día sin lograr hacer el trabajo que realmente importa. Respondimos correos, asistimos a reuniones de carácter interminable, revisamos cada alerta en el teléfono, corregimos presentaciones, respondimos cada mensaje de los cien grupos de WhatsApp y al llegar tarde en la noche con disposición para madrugar al día siguiente, sentimos que tuvimos un día ocupado. Así sumamos semana tras semana para una posible pensión en el modo piloto automático de ocupaciones. El problema está en que es el piloto automático del Titanic.
Hacer muchas cosas terminó pareciéndose demasiado a avanzar y eso es el iceberg necesario para hundir el barco de nuestra concentración. Irónicamente, haciendo caso incluso a ese tipo de jefes que suelen repetir que no pagan salarios por pensar. El trabajo profundo ocurre cuando una persona se concentra, sin distracciones, en una tarea que exige esfuerzo cognitivo. El cambio constante y la suma de contextos u obligaciones degradan la eficacia mental y con ella la productividad real.
Hay que empezar por saber cuánto tiempo del trabajo realmente necesita concentración. Después medirlo. Cada profesión tendrá una proporción distinta entre trabajo profundo y trabajo superficial, pero convertir esa diferencia en una cifra permite descubrir cuánto de las semanas se está llevando mantener las cosas en marcha y cuánto en producir aquello que puede cambiarlas. Luego viene una de las decisiones más sencillas de tomar, pero difícil de cumplir.
La concentración debe tener un lugar en la agenda. Se programa, se protege, debe ser respetada y valorada por otros —incluso los superiores jerárquicos— y tener ojalá la rutina específica en la que nuestra mente logre ese estado. Una hora determinada, un lugar específico, una acción previa. No se trata de esperar a que aparezcan simplemente las ganas de pensar profundamente. Se determina el espacio para hacerlo. La concentración, igual que cualquier habilidad, se deteriora cuando deja de practicarse.
Enfócate es el libro en su versión en español del exitosísimo Deep Work escrito por Cal Newport en el que propone cuatro reglas para recuperar esa capacidad en esta era de la distracción: definir, medir, programar y entrenar. No se trata solo de productividad laboral sino de calidad de vida, porque ese es el punto más complejo. Tener horas en las que ni el todopoderoso celular consiga decidir en qué debas pensar.