En la cima del éxito -y de su ego-, el 70% de su cerebro se le “desconectó”. Se le había empezado a inflamar y la decisión médica de salvarlo incluyó retirarle parte del craneo para disminuir la presión. Tenía 27 años. Hoy, la evidente cicatriz lo hace feliz. Le recuerda que es de por vida. Que está vivo.
Julián era el vicepresidente estratégico de una importante agencia de publicidad en Bogotá. Ganaba cuentas internacionales. Acumulaba trofeos dorados en festivales de prestigio. Su ego crecía cada vez que una marca de renombre le entregaba su presupuesto. Trabajaba los trescientos sesenta y cinco días del año. No se hacía chequeos médicos.
La ambición era su combustible constante. Se sentía invencible mientras levitaba entre reuniones de negocios y copas de ginebra. Nueve meses antes se había separado de su socio y pareja sentimental. Ese vacío emocional lo llenó con más horas de oficina y más copas. Pensaba que el éxito era una carrera de velocidad que nunca debía detenerse.
La penumbra del fondo del mar en Santa Marta fue su última estación antes de la total oscuridad en su mente. Decidió bucear un fin de semana festivo. Tenía experiencia, fue su inmersión número veintiuno. Al terminar el instructor le indicó que podía volar de regreso a la capital tras dieciocho horas de espera. Julián cumplió el plazo al pie de la letra.
Llegó a su apartamento solo. Tomó un poco de vino para cerrar el viaje. Habló con su madre por teléfono. Se acostó sintiendo un cansancio que parecía normal para su ritmo de vida. A las seis de la mañana del día siguiente intentó ponerse de pie para iniciar su agenda de gerente exitoso y el cuerpo no respondió. Todo se apagó.
Su socio y expareja, desde otra ciudad, lo llamó sin parar. Era día de revisión de estados y Julián nunca fallaba. Acudió a Dianita, quien trabajaba en las labores de aseo del apartamento. Ella debió viajar dos horas desde el sur de Bogotá. Él llevaba 3600 minutos desconectado del mundo físico cuando lo encontró.
En la clínica los médicos de la junta incluso discutieron la posibilidad de apagar las máquinas para dejarlo ir. Lo salvó un voto que rompió el empate de opiniones. Dieciocho días después Julián despertaba con sus recuerdos intactos en un cuerpo quebrantado que debió educar de nuevo. Ahí empieza su historia.
Julián Giraldo Mejía la narra en su libro 'MilagrosaMENTE Bien' donde detalla ese tránsito desde la gloria artificial, la supervivencia más pura y el amor por la vida.