En un hospital, el trabajo de un cirujano marca la diferencia entre la vida y la muerte, pero es suficiente con que falle el equipo que mantiene los instrumentos esterilizados, la persona que administra los medicamentos o quien se encarga de la limpieza para que todo el sistema empiece a fallar. Hay trabajos que reciben más reconocimientos que otros, aunque todos resulten necesarios. Fuera del hospital ocurre lo mismo. Hemos aprendido a admirar ciertas vidas y a mirar otras como si tuvieran menos valor.
Una carrera prestigiosa, una cuenta bancaria multimillonaria, una casa impresionante o miles de seguidores en redes sociales parecen pruebas de qué alguien ha triunfado. Mientras tanto, cuidar a una familia, hacer bien un trabajo corriente o ayudar a una persona que atraviesa una dificultad, rara vez despierta la misma admiración, confundimos la importancia de una persona con la visibilidad de sus logros y terminamos creyendo que para tener una vida valiosa necesitamos hacer algo que merezca la atención de los demás. Eso tiene un costo.
Podemos pasar años intentando llegar a una posición que nos permita sentirnos importantes, aplazando la realización personal hasta conseguir el siguiente ascenso, ganar más plata o alcanzar esa meta que parecía definitiva. Cuando llegamos, seguramente va a aparecer otra. Siempre hay alguien que gana más, consigue mejores resultados o recibe un reconocimiento mayor. La ambición puede ayudarnos a crecer, claro, pero cuando la usamos para demostrar nuestro valor, cualquier logro termina siendo insuficiente. Este asunto merece una distinción.
Querer aprender, mejorar nuestras capacidades y alcanzar objetivos exigentes forma parte de una vida activa. Sin discusión alguna. La pesadilla comienza cuando necesitamos convertir cada pequeño logro en una prueba de que valemos como personas. Podemos trabajar con dedicación porque disfrutamos lo que hacemos, crear algo útil o emprender un proyecto que nos entusiasma. También podemos hacer todo eso por miedo a parecer mediocres. Desde afuera, las dos vidas pueden parecer idénticas. Por dentro, las razones son muy distintas.
¿Cuántas cosas de las que disfrutas hoy estás dispuesto a sacrificar por llegar a ser alguien que los demás consideren extraordinario? Una vida común y acorde simplemente a nuestras necesidades también puede estar llena de sentido. El filósofo japonés Ichiro Kishimi lo plantea así en Atrévete a ser normal, su libro. Cuestiona la obsesión por destacar superficialmente y propone encontrar valor en la contribución que hacemos a los demás. Al final, lo que nos quedará, es haber sido humanos. Simplemente humanos.