Analistas 21/09/2026

Punto Final

Lewis Acuña
Periodista
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Su esposo, Edgardo, murió en sus manos y ella no lloró su muerte durante los dos años siguientes. Es algo que no se atrevía a contar públicamente. Estuvo a su lado cada día desde que él fue diagnosticado con un cáncer cerebral terminal y esa ausencia de lágrimas no fue escasez de sentimiento, porque el dolor era tan real como su partida. Tampoco fue el, a veces tan paradójico, pensamiento de asimilar que al fin descansaba. ¿Cómo iba a saber si, por lo menos, lo haría en paz?

Seguir con vida no necesariamente es continuar con la vida. Todo cambia cuando se transita un duelo que nunca acaba porque decir que la muerte es el fin, solo es el principio. Carolina lloró. Lo hizo desconsoladamente mucho tiempo después y por algo que más que causa fue el argumento que necesitaba. Llegó a decir que lo que sentía era incluso más doloroso que la muerte de su esposo y no era así. Había decidido darse una nueva oportunidad, dársela al amor y no funcionó, pero esa relación fallida no la enterraba en un nuevo duelo. La liberaba de una idea.

Años atrás había pasado por una relación significativa y tormentosa que tuvo consecuencias negativas no solo en su apariencia sino en su salud. Era muy joven y pagaba por su inexperiencia en los asuntos de pareja. Amar puede confundirse con mucha facilidad con una entrega desmedida y un sometimiento del sentido común, del respeto, de la reciprocidad. No es que ella fuera particularmente imperfecta, es que tenía miedo.

Su padre fue un militar de alto rango y compromiso. Muy respetado y honrado. Muy ausente en su vida sin dejar de ser el mejor padre, pero le dejó un gran miedo al abandono. Es fácil reconocerlo cuando se reconoce, claro. No es que ella fuera insuficiente, no es que ella tuviera mala suerte y tampoco que no fuera una buena mujer con valores y principios. Es que las ausencias en su vida eran puntos suspensivos, no finales.

Una pérdida puede comenzar mucho antes de una ausencia. El duelo es lo que hacemos con la vida que queda cuando algo cambia para siempre. Una separación puede tenerlo, una jubilación, mudarse de país, cambiar de ciudad, incluso sacar del armario la prenda que perteneció a alguien que hace mucho tiempo no está y que aún parece demasiado pronto para admitir que ya no se necesita.

Lo que no sueltas te enferma es la guía para cerrar ciclos de Carolina Novoa Arias. Desde su experiencia, y la de muchas otras personas, sostiene que el punto final no necesariamente consiste en que algo deje de doler, sino en que el dolor deje de determinar lo que hacemos con nuestras vidas.

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