El tumor cerebral que le encontraron por el que fue operada, con complicaciones que le provocaron la pérdida de movilidad de la mitad de su cuerpo, no fue lo que acercó a la espiritualidad a Elsa Lucía. A las personas buenas también les pasan cosas malas y ella lo sabía. Llevaba toda su vida en el perfeccionamiento de la disciplina espiritual.
Cuando despertó de la cirugía y su pierna izquierda no respondía, y su mano tampoco, no tuvo que empezar a buscar nada. Ella, médica de profesión, sabía además lo que significaba clínicamente lo que le estaba pasando. Era deportista, totalmente independiente y de repente no podía vestirse sola ni sostenerse de pie unos instantes. Pero la práctica ya estaba ahí.
Años de oración, de meditación, de repetir frases cortas que anclan la mente cuando se dispersa, de estudio, de canto. No como rituales de ocasión. Como hábitos diarios construidos en lo ordinario, en los días en que no pasa nada grave.
No llegó a preguntarse por qué le había pasado esto a ella. Esa pregunta no conduce a ningún lugar útil. Las cosas no ocurren porque uno las merezca o no las merezca. Ocurren porque nada en la existencia sucede sin un propósito espiritual, aunque ese propósito solo se comprenda tiempo después de que la situación ha ocurrido. A las personas buenas les pasan cosas malas porque la vida no es un sistema de recompensas. Es un camino de aprendizaje y los golpes más duros suelen ser los maestros más precisos, si uno lo quiere.
La gran mayoría descubren el silencio interior cuando el médico sale del cuarto. Eso también vale. Pero no es lo mismo que llegar a la crisis con años de práctica encima. La sādhanā, como se llama en sánscrito esta disciplina espiritual diaria, no es un recurso de emergencia. Es lo que una persona se vuelve con el tiempo.
Cada persona encuentra su forma. No hay un solo método. Para algunos es la meditación. Para otros la oración, el canto, los mantras, el estudio. Lo que cambia es el temperamento y las circunstancias de vida. Lo que no cambia es la lógica: la práctica tiene que ser diaria, tiene que ser honesta, y tiene que apuntar hacia algo más grande que uno mismo: Dios.
Cuando habla de Él, no habla de una figura religiosa particular. Habla del Gran Espíritu, la Conciencia Suprema, la Fuente, el Uno, el Todo. Aquello que distintas tradiciones han intentado nombrar de maneras diferentes y que ninguna palabra termina de abarcar del todo. La sādhanā no exige una religión. Exige una dirección, y según Elsa Lucía, es la verdad, la rectitud, la paz, el amor y la compasión.
Eso es lo que ofrece 'Hábitos Espirituales. Caminos para encontrar a Dios', de la doctora Elsa Lucía Arango. No la promesa de una vida sin golpes sino la certeza de que se puede atravesar cualquier oscuridad sin perderse. La forma de construir una red espiritual antes de que quizá se necesité con desespero.