No se imagina la felicidad que se vivencia en la otra dimensión, no hay palabras para expresarlo. El auténtico valle de lágrimas está en este lado, en la dimensión humana. La muerte no existe, contacté con mi madre. Yo no quería volver.
La mujer era conocida en el hospital. Era parte del cuerpo médico. Había sufrido un grave accidente de tráfico y durante el traslado a la sala de urgencias, sufrió un paro cardiorrespiratorio. El diagnóstico de ingreso fue muerte clínica postraumática, sin embargo, aplicadas todas las complejas maniobras de reanimación, “volvió”. despertó seis días después.
Lo primero que noté fue la salida de mi cuerpo y, desde una posición elevada, pude ver lo que ocurría en mi entorno. Estaba muy sorprendida y no entendía qué me estaba pasando. Mi sorpresa fue aún mayor cuando pude observar a una serie de sanitarios que hacían maniobras sobre mi cuerpo. Reconocí al doctor Manuel Sans, que me hacía masaje cardiaco; al anestesista que me intubó; a la doctora de hematología, quien me transfundía sangre; y al traumatólogo, que me inmovilizaba una extremidad.
Su testimonio continua. -Contacté con unos “seres de luz” que me tranquilizaron y ayudaron. Comencé a vivenciar una sensacíon de paz, gozo y tranquilidad. Después de una zona oscura, vi una luz intensa, que me condicionó una sensación de paz, gozo y especialmente amor como jamás había vivenciado. Vi, como si fuera una pantalla, las imágenes de mi vida.
Encontrándome en ese estado tan placentero, los seres de luz me indicaron que debía volver a la dimensión humana para terminar mi ciclo vital tridimensional. Yo deseaba quedarme ante tanta felicidad.
A este tipo de experiencias se les conoce como ECM (experiencias cercanas a la muerte). La física cuántica ha permitido comprender que la materia es solo una forma de energía condensada. El cuerpo sería energía de baja frecuencia, la mente, de alta. Más allá de ellas, existiría la supraconciencia. Una energía sutil que no depende del cerebro ni del tiempo. Esa dimensión se manifiesta en los momentos en que el ego se detiene y la actividad cerebral cesa. Es entonces cuando emerge la llamada conciencia primera, el núcleo real del ser, donde el sentido de separación desaparece y lo único que queda es el amor.
De ello escribe el doctor Manuel Sans Sergarra en su libro El ego y la supraconciencia, donde explora la frontera donde la vida no termina, solo cambia de frecuencia.