Analistas

Groenlandia y Dinamarca, a la escena mundial

Louis Kleyn

La ahora reiterada pretensión del presidente Trump por conseguir la anexión de Groenlandia a los Estados Unidos ha trascendido como un paso demasiado osado. Es de mal recibo en el sXXI desear espacios ajenos. No obstante, este objetivo esta en línea con la larga lista de incorporaciones a la “Unión” original (la de las “trece colonias”) desde su independencia: Luisiana, Florida, Texas, California et. al., Alaska, Hawai, Puerto Rico, Islas Vírgenes, Guam. Esta expansión ha representado una importante capacidad de anticipación estratégica, pues ha permitido a Estados Unidos consolidar su poderío económico y su peso político. En adición a esa continuidad histórica, este episodio nos recuerda que la geografía va cambiando con la evolución de la población, la tecnología, el transporte y hasta el clima. Un paraje remoto y hostil puede convertirse en uno indispensable, y viceversa.

Desde su primer ataque, registrado a Lindisfarne, Inglaterra, en el 793, y por los siguientes doscientos años, los vikingos se dedicaron al saqueo sanguinario de Europa. Esta expansión marítima los llevó a establecerse en Islandia alrededor del 871. Desde allí, el legendario Erik el Rojo se asentó en Groenlandia hacia el 975. Su hijo, Leif, llegó a Terranova, en Canada, hacia el año 1000, comfirmado con los vestigios encontrados en 1961. La colonia en Groenlandia, subdita de Noruega, prosperó ente los siglos XII y XIV, con hasta 3 mil habitantes, obispo, monasterios benedictino y agustiniano. Durante el s. XV, cuando comienza la “pequeña edad de hielo”, los “nórdicos” desaparecen, y junto con ellos, Groenlandia de las rutas marítimas

Cuando Erik arribó allí, la isla estaba aparentemente deshabitada. Los “Thule”, antecesores de los actuales Innuit, quienes hoy constituyen la mayoría de la población, llegaron desde el artico canadiense hacia el s. XVI, poco antes del regreso de europeos; los ingleses buscando el “atajo del noroeste” para salir al Pacífico, y colonos daneses desde 1721.

Noruega se unió a Dinamarca, bajo un mismo rey, en 1379. Con el poder centralizado en Copenhagen, el país mantuvo un rol protagónico en el norte de Europa. Sus monarcas eran inmensamente ricos, gracias a los ingresos de los peajes para cruzar entre el Báltico y el Atlántico. Al separarse de Noruega en 1814, las Islas Faroe, Islandia y Groenlandia, quedaron como parte de Dinamarca. En 1864, tras una cruenta guerra, los ducados de Schleswig y Holstein se unieron a Alemania y el rol internacional de Dinamarca quedó minimizado. Islandia se independizó por completo en 1944.

En 1979 Groenlandia recibió mayor autonomía. Este vasto territorio (2.166.000 km2), a solo 500 kms de Canada y con 56 mil habitantes, esta repentinamente bajo el foco de la atención mundial. Dinamarca, evidentemente incómoda bajo este reflector, probablemente sostendrá que no es de su potestad ni vender ni entregar a Groenlandia y tal vez propondrá un referendo para sellar su independencia. Estados Unidos tiene un amplio abanico de posibles aproximaciones y, con un trabajo serio de seducción debería estar en capacidad de obtener el beneplácito de los groenlandeses para una creciente cercanía política.

TEMAS


Groenlandia - Donald Trump - Dinamarca