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La antioqueñidad

Louis Kleyn

Los resultados de las elecciones presidenciales han traído a la superficie las diferencias entre las grandes regiones que conforman nuestro país. Son diferencias siempre latentes, aunque tal vez con el paso del tiempo se hayan vuelto menos obvias, en la medida en que la movilidad aumenta y la nación se integra continuamente.

Durante la campaña hubo un breve debate sobre lo que caracteriza a Antioquia, probablemente la región más distintiva de Colombia. Gracias a su auge industrial en el siglo XX, su sentido de “excepcionalidad” tuvo una última cúspide a principios de los setenta, simbolizada en la torre Coltejer y el movimiento de Antioquia Federal.

Sobre la caracterización del “antioqueño” vale la pena ceder la palabra a Rafael Arango Villegas, cronista humorístico manizalita (1889-1952), quien dedica al tema un capítulo en su libro Bobadas mías (1933).

Empieza: “Nadie -que yo sepa- se ha preocupado hasta ahora por hacer un estudio de fondo sobre el ‘paisa’, el ‘viejo de Medellín’, el antioqueño parlanchín y trotamundos que ha paseado el nombre de Antioquia, nuestra madre, por sobre todo el haz de la tierra, desde el Polo Norte hasta el Polo Sur, y desde Greenwich hasta Greenwich, abrazando el Ecuador”.

Según él, los paisas se pueden agrupar en cuatro matices. Primero: “El ‘paisa’ de la plaza de Berrío, inteligente, vivo, acicalado, audaz, negociante en todo lo que a negocio huela, así se trate de establecer un ‘toldo’ para menudear guanábanas o para expender guarapo, o de organizar una sociedad anónima, con un capital de cien millones, para urbanizar los Polos”.

El segundo es “el genuino, el clásico, el que nos ha hecho célebres en todo el mundo y el cual se produce espontáneamente en toda Antioquia, pero especialmente en Marinilla, Remedios o Titiribí. Profundamente busca-plata y negociante, no entra en grandes combinaciones comerciales, pero negocia hasta con la ‘Sábana Santa’.

Como no puede permanecer estacionario en parte alguna, porque un extraño afán migratorio lo empuja irremediablemente, busca profesiones que no exijan fijación de domicilio ni impliquen complicaciones para una fácil transhumancia”.

“La tercera agrupación la constituye el nacido en el suburbio de Medellín, hacia los lados de la calle de ‘Guanteros’ y la plaza de Guayaquil. Viene al mundo como fruto de la unión irregular de una vivandera y un sastre pantalonero; se cría milagrosamente, pues el papá no lo reconoce ni la mamá tampoco; duerme sobre las plataformas de ferrocarril. Va a correr mundo y a buscar la vida, como la buscó su padre, como la buscó su abuelo. Es borracho y sinvergüenza, pero muy honrado”.

“Hay, por último, un cuarto tipo, el de Envigado, sano de cuerpo y alma, trabajador y honrado, ajeno al aguardiente, conservador y creyente, gran devoto de la ‘Virgen de La Estrella’, negociante en bestias. Quiere mucho su tierra. Cree que el valle de Aburrá, entre Medellín y Caldas (el municipio), es el único sitio de la tierra donde se puede vivir”. Concluye Arango Villegas: “el antioqueñismo, como marca de fábrica, es indeleble, inconfundible, eterno hasta la consumación de los siglos”.

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