La Ley de Siembra a prueba en Bogotá
miércoles, 1 de abril de 2026
Louis Kleyn
Nuestra ciudad está localizada en un entorno abundante en naturaleza. Una tierra fértil, con lluvia frecuente. Los cerros orientales constituyen un marco espectacular y parques como el Nacional, el Chicó y el Simón Bolívar, espléndidos oasis. En la mayor parte del área urbana se percibe una ausencia de vegetación. La OMS recientemente emitió una recomendación según la cual, en las ciudades, debe haber por lo menos un árbol por cada tres habitantes. Se estima que la ciudad cuenta con 1,4 millones de árboles, con lo cual harían falta por lo menos 1,2 millones adicionales. Con el propósito de incrementar la reforestación, sin precisar si en extensiones rurales o urbanas, la “Ley de Siembra” (Ley 2173 de 2021) pretende obligar a los municipios a designar unas zonas como “áreas de vida” y a las empresas a sembrar árboles allí. La Resolución 1491 de 2025 de Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, que reglamenta la ley, salió apenas en octubre pasado, cuatro años después, y da seis meses a los municipios para determinar dichos terrenos, programar las “jornadas de plantación” y reportar al Ministerio. Con base en esto, las empresas deberán notificar por escrito el área escogida “para la construcción de su programa de vida”, certificar su número de empleados y el contenido de su plan de siembra, que debe incluir “caracterización ecológica y socioeconómica del área y enfoque y estrategia con su respectiva metodología”, sujeto a la aprobación de la autoridad. Para cualquier corrección tendrán un mes; luego, un año para la implementación, cuando deberán presentar un nuevo informe de “cumplimiento de la obligación”. Recibirán entonces un certificado de “Siembra Vida Empresarial”.
Esta ley y su reglamentación son una magnífica muestra de un país que se tropieza consigo mismo. Con un lenguaje grandilocuente, el legislador omite considerar costos y practicidad, agranda la burocracia y suma trámites y cargas ajenas a las empresas, como si estas tuviesen una capacidad infinita de absorberlas, ignorando que en un entorno de libre competencia las unidades productivas operan al límite de su eficiencia. Sobra decir que, cumplidos los seis meses estipulados, ni siquiera Bogotá ha dado paso alguno. Es difícil imaginar las seis mil empresas de la ciudad, medianas y grandes, tramitando sus “jornadas de plantación”. Sembrar árboles es una actividad relativamente elemental; en vez de grandes planes burocráticos, lo que se requiere es alcanzar máxima efectividad en lo que ya se hace, para luego multiplicarlo. Es necesario, por ejemplo, cuidar los recién sembrados durante los primeros años. Los peligros son innumerables, pero el mayor son los cortadores de césped de los concesionarios de la recolección de basuras, quienes, al realizar su labor, hieren con sus guadañas la base del tronco de los árboles, con un efecto frecuentemente “mortal”.
De otro lado, las siembras actualmente se limitan a las zonas ya verdes, pero la verdadera necesidad está en las infinitas extensiones de andenes en solo cemento, como en el suroccidente. Estos se deben habilitar. Los retos de la arborización están en lo local y específico.