Analistas 10/02/2026

El arte de vivir con bordes

Luis Felipe Gómez Restrepo
Profesor Universidad Javeriana Cali

Una de las tareas más difíciles de la crianza es enseñar límites. Y, sin embargo, es una de las más amorosas. Un niño sin límites no es más libre: es más vulnerable. Carece de señales para orientarse, no aprende a medir riesgos, no desarrolla autocontrol. Pero, además, aprende algo más grave: que su conducta no tiene consecuencias para los demás. Y allí comienza la fractura del bien común. La ausencia de límites no solo produce desamparo individual; erosiona la idea misma de convivencia.

Lo mismo ocurre con los adultos y con las sociedades. Toda vida humana necesita bordes. No para asfixiarla, sino para hacerla habitable. Los límites son una forma de sabiduría acumulada: indican hasta dónde se puede avanzar sin romper el tejido que nos sostiene. Son una pedagogía silenciosa que nos enseña convivencia y autocuidado. Como sugería Saint-Exupéry, la libertad no es vagar sin rumbo, sino aceptar una disciplina que le da forma al vuelo. Solo el cauce permite que el río exista.

Pero los límites solo existen de verdad cuando traen consigo consecuencias. Una norma que no se cumple o que no tiene efectos frente a su infracción es una ficción. En ese punto aparece la impunidad: la regla se derrite ante quien decide ignorarla y el mensaje que recibe la comunidad es devastador. No que la norma sea flexible, sino que es irrelevante.

Cuando la responsabilidad no se deduce, el límite pierde su capacidad formativa. Ya no educa: invita al desorden y transmite la peligrosa idea de que el interés particular puede imponerse sin costo sobre los demás.

Por eso, las sociedades maduras entienden que las instituciones no son un obstáculo caprichoso al poder, sino su condición de legitimidad. Un gobierno sin límites no es fuerte; es frágil. Necesita esquivar controles porque no confía en la solidez de sus decisiones. La tentación de gobernar sin contrapesos siempre se presenta como eficiencia, urgencia o voluntad popular.

En Colombia estamos presenciando una tensión reveladora: la incomodidad del Ejecutivo frente a los frenos institucionales. Decretos cuestionados, nombramientos objetados, decisiones revisadas. Nada de eso debería escandalizar en una democracia sana. Al contrario: es la prueba de que el sistema respira. Los límites no son una agresión contra el gobierno de turno; son una protección contra el abuso, venga de quien venga.

Aceptar límites es una señal de madurez personal y política. Implica reconocer que nadie es juez absoluto de sí mismo. Que la libertad verdadera no consiste en hacer todo lo que se quiere, sino en aprender a convivir con reglas que nos igualan. Allí reside la civilización: en la capacidad de someter el impulso a la norma, el deseo a la responsabilidad.

Quizá la lección más profunda es esta: los límites no empobrecen la vida, la hacen posible. Sin ellos no hay confianza, ni seguridad, ni proyecto común. Una sociedad que olvida la pedagogía del límite termina educando generaciones en la ilusión de la impunidad.

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