Analistas 17/03/2026

Otra movida geopolítica II

Luis Fernando Vargas-Alzate
Profesor titular de la Universidad Eafit

“Se está presentando una nueva movida en la geopolítica global”, así comenzaba esta columna dos semanas atrás, pero resultó inevitable desviarse hacia un breve recuento histórico de la nación persa. Ahora es preciso entrar en materia, señalando, en principio, lo inconveniente de tratar de vislumbrar la relevancia geopolítica de Irán simplemente a partir de su poder militar o de sus rivalidades ideológicas. Es fundamental, además, el rol que desempeña en el equilibrio regional de poder en Medio Oriente.

Irán actúa como uno de los principales polos de poder en una región marcada por la competencia entre actores estatales y no gubernamentales. Su posición geográfica, capacidad de proyección estratégica y red de aliados le han permitido desempeñar un papel central en la configuración del equilibrio regional durante las últimas décadas.

En términos geoestratégicos, el país ocupa un espacio decisivo entre Asia Central, el Golfo Pérsico y la región oriental. Además, controla el norte del estrecho de Ormuz, uno de los corredores energéticos más sensibles del sistema internacional. Ya se han visto los efectos de su presencia en este punto geográfico, con el petróleo superando los US$100 por barril.

Sin embargo, la influencia iraní no se explica únicamente por su posición geográfica. Teherán ha desarrollado una estrategia de proyección de poder basada en mecanismos indirectos de influencia. A través del apoyo a organizaciones como Hezbollah en el Líbano, a milicias chiíes en Irak o al movimiento hutí en Yemen, ha construido una arquitectura de alianzas que le permite ampliar su presencia estratégica sin recurrir a confrontaciones directas con grandes potencias. Esta red de actores ha contribuido a configurar un espacio de influencia que conecta el Golfo Pérsico con el Mediterráneo oriental.

Al estar en Medio Oriente, la capacidad de Irán para equilibrar fuerzas frente a aliados regionales de Estados Unidos -particularmente Israel, Arabia Saudita y, recientemente, los Emiratos Árabes Unidos- ha contribuido a mantener una dinámica de competencia estratégica relativamente contenida.

Con una eventual derrota iraní, habría varios asuntos por considerar. En el ámbito regional, podría consolidarse la primacía estratégica israelí y de las monarquías del Golfo, alterando el equilibrio de poder que actualmente estructura la política de seguridad regional. Sin embargo, esta reconfiguración también podría generar vacíos de poder en países donde la influencia iraní ha sido determinante, en particular en Irak, Siria o el Líbano. En tales condiciones, la desaparición o el debilitamiento del contrapeso iraní podría generar nuevas dinámicas de competencia regional, en lugar de una estabilidad duradera. Como puede verse hoy, ya en el Líbano se vive una situación compleja.

A nivel global, los efectos tendrían menor incidencia. Aunque una derrota iraní reforzaría temporalmente la credibilidad estratégica de Estados Unidos, difícilmente implicaría la aparición de un nuevo orden mundial comparable al que emergió al cierre del siglo anterior. El sistema internacional actual se caracteriza por una creciente multipolaridad, en la que actores como China y Rusia mantienen intereses estratégicos capaces de limitar cualquier intento de reorganización hegemónica.

En consecuencia, más que el surgimiento de un nuevo orden mundial, la eventual derrota de Irán podría conducir a una redefinición del equilibrio en el Medio Oriente. Este proceso no eliminaría la competencia estratégica en la región, sino que probablemente la reconfiguraría, dando lugar a nuevas formas de rivalidad entre actores regionales y potencias globales en uno de los espacios geopolíticos más sensibles del mundo.

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Análisis - Política - Medio Oriente