Que se debata sobre lo internacional
Las campañas y candidatos presidenciales en Colombia abordan muchísimos asuntos durante su carrera para llegar a la Casa de Nariño. Sin embargo, en esa agitada ruta quedan por fuera otros que conservan gran relevancia. Por ejemplo, la pregunta fundamental sobre qué lugar debería ocupar el Estado colombiano en el sistema internacional no siempre se debate. Así, lo relacionado con las políticas internacional y exterior permanece confinado a círculos técnicos y a decisiones de élite. Más que una omisión, esto revela la conocida paradoja estructural que muestra cómo Colombia participa en el sistema internacional, aunque sin debatir políticamente su inserción en él. La explicación más evidente remite a la primacía de los problemas internos. Durante décadas, el conflicto armado, el narcotráfico, la desigualdad social y la fragilidad institucional han absorbido la atención de la política interna. En ese contexto, los candidatos presidenciales compiten por ofrecer respuestas inmediatas a las crisis domésticas persistentes, relegando la política exterior a un plano sin importancia. Así se configura una hipertrofia de lo interno que limita cualquier intento de apoyarse en lo internacional.
Sin embargo, reducir el problema a la presión de lo doméstico sería insuficiente. Desde el subcampo de estudio del Análisis de Política Exterior (APE), esta ausencia de debate puede leerse como resultado de una estructura decisional cerrada, en la que las élites políticas y diplomáticas han monopolizado históricamente la definición de la agenda internacional. La política exterior, en este sentido, no se somete a la competencia electoral porque no ha sido concebida como un terreno de deliberación pública.
La inserción internacional de Colombia ha estado marcada por relaciones de dependencia y alineamientos estables, especialmente con Estados Unidos. Este patrón ha reducido el margen de maniobra de los candidatos, al tiempo que ha “externalizado” la política exterior: muchos de sus ejes fundamentales no se definen en la arena electoral, sino en marcos preestablecidos. De esta manera, podría señalarse que lo internacional se administra, pero no se discute.
Podría decirse que Colombia enfrenta un déficit de narrativa estratégica. A diferencia de Estados como Brasil o México, no ha consolidado una visión clara de su papel en el sistema internacional. No se proyecta como líder regional ni como actor global con objetivos definidos. Esta ausencia de horizonte estratégico se traduce en campañas presidenciales en las que la política exterior carece de contenido, ambición y, sobre todo, de sentido político.
La falta de presión social y mediática profundiza este fenómeno. La opinión pública no exige propuestas internacionales complejas y los medios abordan la política exterior de forma fragmentada, reactiva y equivocada, hasta el punto de confundirla con la internacional. En términos de competencia electoral, esto implica que los candidatos no tienen incentivos para invertir en agendas internacionales sofisticadas.
En última instancia, Colombia enfrenta una limitación estratégica de fondo, pues participa en el sistema internacional sin definir democráticamente cómo quiere hacerlo.
Mientras no se incorpore esta discusión, la política exterior seguirá siendo un ámbito marginal, gestionado por círculos cerrados, ajeno a la ciudadanía y con resultados limitados.
Cabe advertir que, aunque en algunos casos se han ofrecido atractivas rutas para ello desde las campañas electorales, al momento de gobernar desaparecen descaradamente, como sucedió con el Gobierno actual.