¿Volverá la subordinación irrestricta?
La relación entre Colombia y Estados Unidos atraviesa, bajo el gobierno de Abelardo de La Espriella (Adle), un proceso de reacomodamiento que trasciende la tradicional cooperación bilateral. El encuentro entre el presidente colombiano y el secretario de Estado, Marco Rubio, confirmó una agenda particularmente amplia en asuntos como seguridad, lucha contra el narcotráfico, migración, inversión, minerales críticos y energía nuclear civil.
Esto se suma a la adhesión de Colombia al denominado Escudo de las Américas. En conjunto, estos movimientos sugieren una rápida convergencia entre las prioridades estratégicas de Washington y las decisiones internacionales del gobierno colombiano.
El problema, sin embargo, no radica en que Colombia profundice sus relaciones con Estados Unidos. Una relación bilateral de esta naturaleza es estructural para el país y la cooperación en los ámbitos citados puede responder perfectamente a intereses nacionales.
La cuestión relevante, más bien, es el margen que conserva Colombia para definir autónomamente los términos, las prioridades y los límites de ese vínculo. Desde esta óptica, algunas decisiones adoptadas por Adle merecen una consideración crítica.
La rapidez con la que Colombia se ha incorporado a iniciativas estratégicas promovidas por Washington, la disposición a profundizar la cooperación militar y antidrogas, y la convergencia explícita con las prioridades estadounidenses sugieren que la política internacional del nuevo gobierno privilegia la proximidad con Estados Unidos como principio ordenador de su inserción global.
Esto introduce una tensión significativa entre el alineamiento y la autonomía. El primero puede generar beneficios concretos, como el acceso a tecnología, inteligencia, cooperación financiera, mercados e instrumentos de seguridad. Pero cuando la convergencia deja de ser un mecanismo para defender intereses propios y se convierte en el criterio principal para definir las posiciones internacionales del Estado, la relación asimétrica comienza a restringir el margen de decisión del gobierno.
El riesgo no es, por tanto, la cooperación con Washington en sí misma, sino que Colombia termine por confundir la cooperación estratégica con la devoción política y la “intervención por invitación”. La cuestión resulta aún más relevante porque la autonomía no exige ni aislamiento ni confrontación con Estados Unidos.
Por el contrario, puede ejercerse precisamente mediante una relación madura con la principal potencia del hemisferio, negociando, estableciendo límites, diversificando alianzas y preservando la propia capacidad de decisión. En ese sentido, la diversificación internacional desarrollada en las últimas décadas no debería interpretarse como una renuncia a la relación con Washington, sino como una forma de incrementar el propio margen de maniobra.
El desafío para De la Espriella consiste, entonces, en demostrar que el acercamiento actual constituye una estrategia de Estado y no simplemente un alineamiento ideológico. Si Colombia obtiene beneficios concretos de esta nueva relación mientras conserva la capacidad de disentir, negociar y mantener vínculos sustantivos con otros actores globales, podrá hablarse de una alianza estratégica.
Si, por el contrario, las prioridades estadounidenses terminan determinando cada vez más las decisiones colombianas, la autonomía (uno de los problemas históricos de la política exterior) volverá a verse seriamente comprometida. El verdadero indicador de independencia no será la distancia respecto de Washington, sino la capacidad de Colombia para relacionarse estrechamente con ese gobierno sin que esa relación determine por anticipado sus opciones internacionales.