El país de las ratas de dos patas
Le calza al país la sabiduría de los cantos populares que describen el sentir de los pequeños y medianos empresarios y sus trabajadores al ver que sus negocios se desangran y ni los gremios ni el circo político electoral y conformista parecen ser capaces de darles esperanzas reales de subsistencia, pues el problema no son las instituciones sino la falta de carácter y determinación de obrar correctamente de las personas que las operan.
En un país que debería estar multiplicando oportunidades, el horizonte no está claro y el sentir de las personas honestas y del país emprendedor, que uno no se explica como sigue trabajando a perdida, no es otro que la decepción con la conducción de la cosa pública y la representatividad asociativa.
Diga el lector el nombre de un Santo o de un Demonio, y le aseguro que acertará. Es exactamente lo que canta “Paquita la del barrio en el bolero rata de dos patas”: “Rata inmunda, animal rastrero, escoria de la vida, adefesio mal hecho, infrahumano, espectro del infierno, maldita sabandija cuanto daño me has hecho. Alimaña, culebra ponzoñosa, desecho de la vida, te odio y te desprecio. Rata de dos patas, te estoy hablando a ti, porque un bicho rastrero aun siendo el más maldito, comparado contigo se queda muy chiquito. Maldita sanguijuela, maldita cucaracha, que infectas donde picas, que hieres y que matas”.
Y veamos qué es lo que causa ese sentimiento de mísera indefensión, incredulidad y de odio por los politiqueros y la política, que lleva a quién razona a la desesperanza y al ignorante a vender su conciencia por migajas.
Estamos gobernados por la autocracia de una pila de degenerados que pretenden cambiar la constitución para asegurarse que el poder del Estado se concentre en quienes les sirven a las organizaciones criminales que se financian con el narcoterrorismo, corroen la justicia, violan todas las reglas del Estado de derecho y mantienen la ciudadanía bajo la inseguridad del asecho delictivo que igual mata de hambre, de enfermedad o de un balazo.
Económicamente hay una sola realidad: desconfianza total. Los números no dan, apuntan a la quiebra de los pequeños y medianos empresarios que ya trabajamos a perdida con la consecuente ruina de los ahorros y el freno total de la inversión, la realidad de los indeseados despidos, la pérdida de productividad en el campo y en la industria, la carestía de los productos, los servicios y los insumos afectados por el alza propia de la energía y la movilidad que ya no cuenta con los flujos de compensación, el incremento del lavado, la insostenibilidad futura de las remesas, la adversidad del contrabando y el comercio con una tasa de cambio irreal, y el desastre de sistema tributario que estrangula al contribuyente y resulta insuficiente ante un déficit y un costo de la deuda inmanejables, el despilfarro en gasto y burocracia estatal y la destrucción de las regalías y el sector minero energético que ha sido la locomotora del crecimiento económico.
Y ojo que no digan los candidatos para quedar bien con todo el mundo, que el problema no son las personas sino los acuerdos, cuando son las “ratas de dos patas” las que aquí han firmado los acuerdos falsarios e ilegítimos, la inclusión ilegal de la impunidad en la constitución y todo tipo de bombazos a la legalidad como el desconocimiento de la voluntad popular, la JEP y el “Fast-Track”.
“El conformismo estratégico y el costo político como justificantes de los decretos ilegales de Petro es lo más bajo y peligroso a lo que Colombia ha llegado. Ese argumento compró: Congreso, Cortes, políticos, medios, funcionarios y también el silencio del empresariado”.
Estamos dando vueltas en un remolino sin salida, está todo jugado a una ruleta calibrada para que siempre gane el casino cualquiera sea el número o el color donde pare la pelota, porque la clase tradicional y la emergente que consiente y calla, seguirán gobernando, mandando y mamando, y todo será más de lo mismo, porque hasta que el país no vuelva a reconocer un liderazgo dominante, seguiremos esclavos de componendas y acuerdos entre los torcidos y aquellos que aparentan ser éticos pero que para poder continuar figurando en la vida pública tienen que dar el brazo a torcer a cuenta del contribuyente, del empresario, del trabajador y tristemente del votante.