Analistas 02/09/2026

El fantasma de Núñez

Colombia tiene la mala costumbre de repetir sus cuitas. Cada vez que un presidente llega prometiendo orden después del caos, deberíamos recordar a Rafael Núñez. No por antipatía histórica -Núñez fue no solo necesario sino más lúcido que la mayoría de sus sucesores-, sino porque el régimen que activó en el 86 terminó en la guerra de los Mil Días. Y el presidente De la Espriella, quien mencionó al Regenerador con profusión durante su discurso de posesión, debería tener en cuenta este detalle.

Núñez, decíamos, fue necesario. El radicalismo llevaba años haciendo agua. Estaba desprestigiado y era disfuncional. La extrema descentralización del federalismo amenazaba con fragmentar la Nación. Por esto, cuando Núñez fue elegido, no se limitó a gobernar, sino que buscó hacer una profunda reingeniería.

Desmontó el régimen de Rionegro y creó un modelo diametralmente opuesto, centralista, con un gobierno fuerte y un énfasis en el progreso material. Intentó, para estos propósitos, borrar a los partidos políticos tradicionales y sustituirlos con el Partido Nacional, su partido.

El Regenerador utilizó la religión como argamasa política. Durante su mandato se selló el Concordato de 1887, que convirtió a la Iglesia católica en parte integral del Estado. Esto fue una sorpresa para sus contemporáneos. Núñez había sido un abanderado de la desamortización de bienes de manos muertas y vivía en “dañado y punible ayuntamiento” con su amante, Soledad Román. El presidente De la Espriella, según sus mismas palabras, es un devoto reciente. Como candidato de los valores cristianos, ha dejado claro que gobernará con la Biblia en la mano. Esperamos que tenga a la Constitución en la otra.

El tercer parecido, el más preocupante, es la polarización aguda. Núñez gobernó excluyendo al liberalismo, y esa exclusión incubó durante años un resentimiento que terminó en la guerra civil más sangrienta del siglo XIX. El presidente De la Espriella ganó las elecciones en franca lid, pero por menos de un punto porcentual. Es decir, el país quedó partido en dos partes casi iguales. Esto le ha permitido a Petro alegar -sin ninguna prueba- que se robaron las elecciones y, a renglón seguido, amenazar con “resistencia civil” y la conformación de “milicias populares”. Eso no es folclore verbal: el material inflamable que Núñez -y después Caro- permitieron que se acumulara bajo sus pies fue la causa del incendio posterior. La división del conservatismo entre nacionalistas e históricos, mientras el liberalismo planeaba la insurrección, es un precedente que no se puede ignorar.

No sugiero que Colombia esté a las puertas de otra guerra de los Mil Días. Sugiero algo más modesto: que la historia no perdona a quienes creen que el orden se impone destruyendo los contrapesos y las alianzas políticas. La Regeneración fue una acumulación silenciosa de atajos institucionales y de decisiones que en su momento parecieron sensatas. La historia no se repite, pero rima, dicen. Hay que saber qué fue lo que antes se hizo mal para no repetirlo.

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