Analistas 17/06/2020

El holocausto de las estatuas

La víctima puede ser cualquiera. Solo basta con tener coraza de bronce, ocupar un destacado pedestal en una plaza o avenida y aparecer en los libros de historia. Si se es hombre, de levita y patillas, con algún cargo importante el riesgo aumenta y, si se posee algún título nobiliario, el peligro es inminente: espera que no te vean, pasa desapercibido, que en cualquier momento llegarán por ti.

Primero vinieron por las de Franco y nadie dijo nada porque Franco era un dictador; después se llevaron las de los generales sureños, pero como no éramos sureños a nadie le importó. Luego se llevaron las de los esclavistas, pero como no éramos esclavistas tampoco nadie dijo nada. Ahora vienen por las de Churchill y las de Gandhi, pero ya es demasiado tarde.

Para la turba que persigue las estatuas no basta con rescribir la historia en las universidades, “con enfoque” (que es una manera elegante de decir “con sesgo”) de género, raza, orientación sexual, clase, color de ojos o preferencia por la Uva Lux. Hay que destruir la historia, como si lo que pasó no hubiera ocurrido, para sustituirla por un pasado de fantasía donde se hace justicia identitaria a cada uno de los fragmentados grupos de interés que buscan reivindicarla.

Vean la serie de Netflix “Hollywood” para saber a qué me refiero.
La historia fue lo que fue y, para bien o para mal, todos somos producto de ella. Destruir el monumento de los Reyes Católicos en la Avenida El Dorado, por ejemplo, no va retrotraer la conquista de América y hacerlo, quizás, atente contra nosotros mismos: un país mestizo, que habla castellano, que es en su mayoría cristiano y que ya no es indígena ni español sino colombiano.

Se ha intentado explicar una y otra vez que las estatuas no tienen la culpa, las personas que representan siempre son criaturas de su tiempo como nosotros somos del nuestro. Churchill era un imperialista, pero salvó a Europa del fascismo; Bolívar decretó el genocidio de “españoles y canarios” pero creó la Gran Colombia y Uribe Uribe introdujo las ideas progresistas al país, pero también lo condujo a la guerra más atroz de su historia republicana.

El presidente Macron, con la característica sensatez que lo diferencia de los líderes de papel que pululan por estos días, ha terciado en esta discusión negándose a retirar las estatuas de la era colonial francesa porque son incomodas.

En vez de pretender que lo que ocurrió fue un mal recuerdo, eliminando la historia, lo que propone es contextualizar los monumentos para lograr entender las particulares circunstancias de sus antepasados.

Si seguimos como vamos caeremos en el infierno descrito por Orwell en su novela “1984”, donde “cada registro ha sido destruido o falsificado, cada libro reescrito, cada imagen ha sido repintada, cada estatua y edificio de la calle ha sido renombrado, cada fecha ha sido alterada. Y el proceso continúa día a día y minuto a minuto. La historia se ha detenido. Nada existe excepto un presente sin fin en el que el Partido siempre tiene la razón “.

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