El bipartidismo colombiano, iniciado en 1848, era uno de los más antiguos del mundo. El Partido Liberal y el Partido Conservador definieron en muy buena medida la nacionalidad colombiana. Las nueve provincias del virreinato de la Nueva Granada estaban separadas por una geografía mordaz y tenían pocos elementos de unión. La afiliación partidista multiclase que surgió poco tiempo después de la Independencia era, tal vez, la más importante de ellas.
La fuerte identificación de la población con una y otra de las colectividades derivó en guerras civiles y en mareantes péndulos constitucionales, pero también fue la razón por la cual, según la historiografía actual, las raíces democráticas colombianas son profundas y arraigadas.
Para finales del siglo XX, después de 150 años de historia, el bipartidismo colombiano fue autodestruido por sus propios beneficiarios. No fue nuestra perestroika: en el caso colombiano, la demolición de las estructuras políticas fue intencional. Al Frente Nacional le achacaron equivocadamente la cerrazón del sistema político y a este el fenómeno de la violencia fin de siècle. No ayudó la creciente corrupción clientelista, que fosilizó a las colectividades y que, a juzgar por lo que vendría después, ni tenía su causa en la hegemonía bipartidista ni era de la magnitud del flagelo actual.
En todo caso, decidieron demoler el sistema bipartidista y la dinamita la pusieron en la Constitución que sería redactada en 1991. Se podría decir que su objetivo principal fue la destrucción de los partidos tradicionales. Y lo lograron. Para 2002 había en Colombia 72 partidos y movimientos políticos.
Esto se corrigió parcialmente con las reformas constitucionales posteriores, que redujeron la proliferación partidista, la cual se volvió a desparramar cuando las cortes abrieron el chorro. Hoy tenemos unos 32 partidos, pero en realidad solo son dos, como quedó demostrado en la elección del pasado domingo: el Centro Democrático y el Pacto Histórico. Los demás son relleno, jugadores de segunda división que pelean gol cuando los dejan jugar. La prueba reina es que ninguno de estos, incluyendo al liberalismo y al conservatismo de antaño, presentó un candidato propio a las consultas del 8 de marzo.
El resultado electoral demuestra que ha surgido un nuevo bipartidismo, reconfigurado sobre patrones ideológicos muy claros. Por un lado, el Pacto Histórico, una organización de izquierda populista, que se considera progresista pero que en realidad es un sancocho de chavismo, wokismo y clientelismo. Por el otro, el Centro Democrático, un partido más pragmático de centroderecha, con cuadros formados y con algunos elementos de conservadurismo.
Ambos representan entre un cuarto y una tercera parte del electorado, cada uno. Esto quiere decir que, desde ambas direcciones -desde la izquierda y la derecha-, van a presionar con fuerza al centro político hasta absorberlo. Esta será la historia política en los próximos años: la competencia entre derecha e izquierda para configurar, a costillas de la masa que está en la mitad, las mayorías de ocasión necesarias para gobernar.