Analistas 21/10/2020

Jacinda Ardern

Jacinda Kate Laurell Ardern es desde 2017 la primer ministro (o ministra, como prefieran) de Nueva Zelanda, elegida en su momento con tan solo 37 años de edad en un gobierno de coalición entre el partido laborista -al cual pertenece- y el partido verde; fue mamá por primera vez ocupando el cargo; se hizo célebre cuando llevó a su bebe de tres meses a las Naciones Unidas y hace unos días fue reelegida con una mayoría abrumadora de los votos en medio de la pandemia del covid.

La señora Arden nació en una familia mormona, religión que abandonó en 2005 porque estaba en contra del matrimonio gay, fue presidenta de la Unión Internacional de Juventudes Socialistas cuando trabajaba para su mentor Tony Blair y se describe a sí misma como agnóstica, socialdemócrata, progresista y feminista. Su primera prueba de fuego en el cargo se dio cuando le tocó afrontar una masacre de 51 musulmanes por parte de un supremacista blanco en una mezquita en Christchurch, situación que respondió haciendo un llamado a la unidad nacional y asistiendo a la ceremonia de conmemoración vestida con hiyab. Su manejo del covid ha sido clasificado por el Índice Bloomberg de Manejo de Crisis como el mejor del mundo.

En otras palabras, la señora Ardern es, o debería ser, la estadista del futuro. En un mundo donde los demagogos de izquierda y derecha, -no hay que mencionarlos, ya saben quiénes son- han quedado desnudos en su arrogancia e incompetencia, el liderazgo de la señora Ardern es refrescante.

No es la división de la sociedad entre ricos y pobres, entre blancos y morenos, entre heterosexuales y homosexuales, entre nativos y extranjeros o entre creyentes y escépticos lo que hará que un país sea “grande otra vez”, o que “tome control” o que sea “humano” o tenga “un corazón grande”.

En una época se decía que la política era el arte de lo posible, el arte de balancear los intereses de los diferentes grupos que conforman una sociedad y el mejor político era el que lograba los más complicados consensos. Ahora basta con introducirse en una de las múltiples burbujas políticas alimentadas por las redes sociales para crear una agenda de miedo, odio o resentimiento lo suficientemente poderosa como para lograr el apoyo de la mitad más uno de los votantes e imponer la voluntad de la tribu sobre los demás.

La esperanza que representan estadistas como la joven señora Ardern es que han tomado el camino difícil de buscar la unión de la sociedad para resolver problemas sin caer en la tentación de dividir, confrontar y fragmentar.

En ese sentido los políticos criollos que dicen emularla -y los hay, sobre todo en el distrito capital- están ofreciendo una débil caricatura. Consensuar requiere una alta dosis de humildad y de sentido práctico. Requiere dejar al lado la desconfianza y los intereses políticos para tender puentes con los contrincantes. El verdadero liderazgo político consiste en tomar decisiones difíciles y muchas veces las decisiones más difíciles son las que sacrifican el orgullo, el prestigio o la trayectoria del que las toma.

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