Spoiler alert: nadie sabe quién ganará las elecciones. No lo saben los encuestadores, que en general hacen bien su trabajo, pero que están maniatados por la más absurda legislación. No lo saben los políticos, que tienen el pulso de la gente de la calle, pero también tienen sus propios intereses electorales. No lo sabe el Gobierno, que está sumido en un delirio ideológico que no lo deja ver nada más allá de la Casa de Nariño.
Tampoco lo sabe la prensa y menos los columnistas de opinión, como este servidor. Nos movemos en burbujas de autovalidación. Los cócteles bogotanos, las salas de redacción (o lo que queda de ellas), los foros y los encuentros gremiales ya no sirven de oráculo como antes. Y tampoco lo saben los candidatos y las campañas, que tienen información, pero hacen todo el esfuerzo por ignorarla. Sin importar si van abajo o arriba en los sondeos, la desconocen por conveniencia, incompetencia o simple mala fe.
El caso es que el 31 de mayo habrá dos ganadores y el 21 de junio, uno. Y, en eso, ni siquiera los mercados de predicción son buenos para predecir. Cuando son de poca profundidad, como Polymarket para el mercado electoral colombiano, son fácilmente manipulables. Unos cuantos miles de dólares en un lado o en el otro le dan la vuelta al resultado.
¿Qué sí sabemos con bastante certeza? Primero, que la participación electoral será bastante alta para los patrones históricos: entre 55-60% del censo electoral (en segunda vuelta de 2022 llegó a 58%). Segundo, que hay un número importante de votantes indecisos. La cifra puede estar entre 10-15% de los que votan. Estos son entre 2,5 y 3,5 millones de votos, una cifra significativa que puede definir el ganador. Tercero, que hay proselitismo político en las zonas dominadas por los actores armados beneficiados por la llamada Paz Total. El levantamiento de las órdenes de captura a pocas semanas de las elecciones no es una coincidencia. En esas regiones pueden sufragar por lo menos un millón de personas. Cuarto, el gasto desaforado del Gobierno. Pocas veces hemos visto a un Gobierno prevaricando tanto a favor de su candidato, ya sea derrochando recursos públicos o activando su poderosa red de medios. Quinto, la variable Bogotá. La capital es nuestro “swing state”. Lo que pase aquí define las elecciones en el país. Hasta ahora es un interrogante cómo votará la clase media bogotana, que nunca ha tenido dueño. Sexto, la variable costeña. ¿Qué pasó en la Costa?, decía López cuando perdió en 1982. Aunque menos voluminosa que Bogotá, la elección en la Costa es decisiva. Hasta el momento era terreno fértil para el continuismo, pero con un candidato costeño en el ruedo, la cosa se pone competida.
Se ve entonces por qué estas elecciones son particularmente inciertas, lo cual puede ser positivo. Tenemos democracia, aunque algunos digan que no. A diferencia de lo que ocurre en las dictaduras, aquí nadie sabe de antemano quién va a ganar, lo cual alivia poco la ansiedad generada por la incertidumbre. Al final tendremos un ganador. Ojalá que sea uno que respete las reglas de juego que le permitieron triunfar.