La revista The Economist hace unas semanas, en su cobertura sobre las elecciones presidenciales en Colombia, las describió como una de las más polarizadas del planeta. Quizás tenga razón, aunque el fenómeno, valga decir, parece ser una característica de la democracia contemporánea. No es que EE.UU., España, México o la Argentina sean muy diferentes.
Sin embargo, de lo que no hay duda es de que el grado de crispación política que vive el país es extremo. Nos movemos entre el Tigre que quiere “destripar” a la izquierda y el bolchevique que ve fascistas hasta en la sopa.
¿Cómo llegamos a esta situación? Lo fácil sería culpar a las redes sociales del deterioro del discurso público. La mediación informática que antes ofrecía la prensa institucional amortiguaba muchos de los aspectos más estridentes del debate político. Sin estas cortapisas, ahora reemplazadas por algoritmos optimizadores que favorecen a los extremos, el que grite más, insulte más o resulte más estridente es quien tiene más atención. Pero eso es solo parte de la historia. Así como la culpa no es de la vaca, la culpa tampoco es (solamente) de Instagram, X, Facebook o TikTok.
El que marcó la pauta en la verborrea desatada fue Gustavo Petro. El estartazo fue la declaratoria de “guerra a muerte”, acompañada de las nefandas banderas de la pifia bolivariana que desembocó en un genocidio de “españoles y canarios” hace dos siglos. Las lucían hasta en el despacho presidencial. Después no bajó de esclavistas, asesinos y ladrones a empresarios y opositores. Luego se inventó el supuesto “bloqueo” institucional para lanzar la convocatoria a una asamblea constituyente corporativista con el fin de refundar la patria.
Y ahora se aterran cuando, desatadas las pasiones, los vilipendiados les pagan con la misma moneda. Quienes hemos estado en el lado receptor de los insultos de la horda gobiernista -pagada en buena parte con recursos de los contribuyentes- hasta sentimos un fresco cuando les cantan la tabla. De pronto desear que los destripen puede ser demasiado, pero que les callen la jeta no es demasiado pedir.
Siembra vientos y recogerás tempestades, dice el dicho. El petrismo se la jugó a dividir al país, pero acabó con la tajada más pequeña en las manos. Este magnífico error de cálculo, inducido por una hybris de tragedia griega, los tiene a punto de perder las elecciones. Los esfuerzos desesperados por recoger los aspectos más estridentes de la radicalización -la asamblea constituyente y el desconocimiento del resultado electoral, por ejemplo- suenan postizos y oportunistas. Al pastorcito mentiroso le dejaron de creer. Cepeda no es un centrista moderado, ni nunca lo ha sido. Es un cuadro comunista que añora la Cortina de Hierro, donde se crió. Su padre fue el arquitecto de la combinación de las formas de lucha. Y él, el agente oficioso de las Farc.
Sería un fin apropiado del improvisado experimento progresista que su desenlace fuera el descrédito total. El petrismo le declaró la guerra a muerte al país y, como van las cosas, tal vez la baja más protuberante serán ellos mismos.