Bogotá no es una plaza electoral más: es el corazón gravitacional de las elecciones presidenciales colombianas. Quien no gane -o al menos empate con dignidad- en la capital, no gana el país. Eso es lo que vuelve a mostrar, con crudeza, la más reciente lectura que hace La Silla Vacía de la encuesta de Atlas Intel, donde los candidatos se miden en Bogotá como en un laboratorio, y allí se define quién tiene vocación de mayoría y quién apenas de ruido ideológico.
La razón es simple y antipática para los románticos de la “Colombia profunda”. Bogotá concentra voto, opinión, agenda mediática, recursos y -sobre todo- capacidad de irradiación simbólica. No es solo que pese en el conteo; es que marca el clima. Cuando Bogotá se inclina, el resto del país interpreta. Cuando duda, el país espera. Cuando rechaza, el país castiga.
El informe de La Silla Vacía es claro en que Bogotá hoy no está comprando discursos incendiarios ni aventuras ideológicas. El sentimiento político capitalino es pragmático y exigente. De ahí que la relativamente buena imagen del alcalde Carlos Fernando Galán -registrada por varias encuestas recientes y que puede que no sea para tirar voladores, pero al menos sí es superior a la de sus antecesores, Petro incluido- no sea un dato menor ni decorativo. Galán encarna, para bien o para mal, una idea que vuelve a ganar tracción: orden sin estridencia, gestión sin épica, institucionalidad sin dogma. En una ciudad exhausta de promesas grandilocuentes y resultados mediocres, eso importa.
Este clima explica por qué ciertos liderazgos nacionales tienen un techo muy bajo en Bogotá. Y aquí entra Iván Cepeda. Su problema no es de coherencia -la tiene, como buen marxista- sino de escala electoral. Cepeda representa un electorado disciplinado, militante y ruidoso, pero numéricamente insuficiente. Sin Bogotá, casi no hay manera matemática de ganar unas elecciones presidenciales (tendría que barrer en la costa Atlántica). Y Bogotá, según muestran las encuestas analizadas por La Silla Vacía, no está en sintonía con una narrativa de confrontación permanente, ni con una política entendida como trinchera moral o ideológica. Poco resuena en la capital la reivindicación agrarista, los reclamos étnicos o la retórica tercermundista que tanto resuena en el discurso de la izquierda nacional.
Bogotá puede votar progresista un día y girar al centro o a la derecha al siguiente sin rubor alguno. Este es nuestro “swing state”, el mítico “Estado bisagra” que define las elecciones gringas. En este momento, en Bogotá gana el que gestiona, no el que declama. El que tranquiliza, no el que amenaza. El que promete metro, seguridad y vías, no redenciones históricas. Cepeda, guste o no, está anclado en una política de la causa, no de la ciudad. Y las presidenciales se ganan con mayorías urbanas, no con minorías periféricas. Quien no pase por Bogotá con un mensaje de gobernabilidad, moderación y competencia administrativa, no pasa. Las elecciones se ganan sumando, no señalando.
Y hoy, más que nunca, Bogotá es el tablero donde se ve quién entiende esa diferencia.