Analistas 30/09/2026

Un país sin niños

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Colombia ya conoció el vacío demográfico. Hacia 1500, en el territorio que hoy ocupamos, vivían, según las estimaciones más altas, cerca de cinco millones de personas. Pocas décadas después de la llegada de los europeos quedaba apenas una fracción. El trauma de la conquista, el trabajo forzado y, sobre todo, la viruela y el sarampión vaciaron regiones enteras. Recuperar esa cifra tomó casi cuatro siglos: el censo de 1912 contó poco más de cinco millones de habitantes. Después vino la explosión. Desde mediados del siglo XX la población se multiplicó exponencialmente, impulsada por el desarrollo urbano, la agricultura industrial, la medicina moderna y el crecimiento económico.

Ahora asistimos a un segundo descenso, y esta vez no hay epidemias ni conquistas. Nadie impone este descenso, es la decisión de millones de familias. Durante 2025 nacieron en Colombia 441.537 bebés, unos 206.000 menos que en 2016. La tasa global de fecundidad pasó de 1,7 a 1,0 hijos por mujer, que es menos de la mitad de lo necesario para reemplazar a la generación anterior. Las defunciones subieron a 284.254, y el crecimiento natural se redujo a 157.283 personas, la brecha más estrecha registrada. A este ritmo que en pocos años habrá en el país más entierros que partos.

¿Cómo es una sociedad con pocos niños? Triste, para empezar. Con colegios cerrados por falta de alumnos, pueblos donde solo quedan abuelos, campos vacíos sin que nadie los trabaje y desolados hogares unipersonales en las ciudades. Mascotas y robots de IA reemplazando la compañía humana. Pronto la soledad se convertirá en un problema de política pública.

En la economía, el llamado bono demográfico -esa época en que abundan los trabajadores y escasean los dependientes- se está cerrando antes de que el país se haya enriquecido. Japón y Corea envejecieron como sociedades desarrollas. Colombia envejecerá siendo de ingreso medio y con más de la mitad de sus trabajadores en la informalidad. Con menos mano de obra, el crecimiento solo podrá venir de la productividad, que ha sido precisamente nuestra asignatura pendiente.

El frente fiscal es el más delicado. Un sistema pensional de reparto funciona mientras haya muchos cotizantes por cada pensionado, y esa relación se deteriora año tras año. El gasto en salud también crece con la edad. Al mismo tiempo se reduce la base de contribuyentes que debe financiarlo. La Constitución exige sostenibilidad financiera al sistema pensional y sostenibilidad fiscal al Estado. La demografía pondrá a prueba ambas premisas.

No se trata de ordenar a la gente que tenga hijos. Las experiencias de Asia y Europa muestran que los subsidios a la natalidad logran muy poco. Lo sensato es adaptarse: formalizar el empleo, revisar la edad de retiro con franqueza, invertir en productividad, construir un sistema de cuidado e integrar bien a la inmigración venezolana, que hoy amortigua el golpe.

La primera vez que Colombia perdió a su gente, la tragedia llegó sin aviso. Esta vez la estamos viendo venir. Sería imperdonable no prepararnos.

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Demografía - Envejecimiento poblacional - Crisis de natalidad