El trabajo como vocación: la dimensión económica de ‘Magnifica humanitas’
León XIV vuelve a poner la dignidad del trabajo en el centro de la doctrina social. Y, de paso, deja a empresarios y directivos una tarea muy concreta: construir «instituciones de paz» también en la economía.
Hay una coincidencia que no parece casual. León XIV firmó Magnifica humanitas un 15 de mayo, el mismo día en que, ciento treinta y cinco años antes, León XIII había entregado a la Iglesia Rerum novarum. Aquella encíclica nació mirando de frente la revolución industrial; esta mira de frente la inteligencia artificial. Cambia la «cosa nueva», pero la pregunta de fondo es la misma: ¿qué hacemos para que el progreso no se vuelva contra la persona?
El Papa responde con dos imágenes que recorren todo el texto. Babel, la ciudad que se cree autosuficiente y termina por no entenderse a sí misma. Y Jerusalén, que Nehemías reconstruye despacio, piedra a piedra, con un pueblo que vuelve a poner a Dios en el centro. Ante cada cambio de época, viene a decir, la elección es esa: levantar torres de dominio o reconstruir relaciones, instituciones y economías donde quepan todos.
Conviene decirlo cuanto antes, porque es fácil malentenderlo: aunque el subtítulo hable de inteligencia artificial, el corazón económico de la encíclica no trata de la técnica, sino de quien trabaja. León XIV cuenta el trabajo humano y el intercambio económico entre las instituciones que sostienen la paz, al lado de la Iglesia, la familia y el Estado. La empresa, la finanza, el mercado, no son terreno neutro ni ajeno a la fe. Son, cada mañana, lugares donde se decide algo sobre la dignidad de las personas.
Para un laico, sostener esas instituciones no es una tarea «profana» que quede fuera de su vida cristiana. Es, precisamente, su camino de santidad en medio del mundo. La doctrina social, recuerda el Papa, conduce «al corazón mismo de nuestra fe», y el compromiso social «no puede separarse de una relación personal con Cristo» (n. 44).
Visto así, una empresa es bastante más que una máquina de producir. Quien dirige un equipo, firma una nómina, decide una inversión o negocia un contrato no deja su vocación a la entrada de la oficina: la juega allí dentro, en la calidad humana con que trata a la gente y en la honestidad con que toma sus decisiones. El trabajo bien hecho, hecho por amor, es el sitio donde un cristiano corriente se santifica.
Lo que se le pide al empresario
De ahí nace una llamada muy directa a quien tiene responsabilidad económica. León XIV la resume en una frase que se queda grabada: si queréis la paz, preparad instituciones de paz. Y aclara que no habla solo de las instituciones políticas, sino también de las educativas, económicas y sociales. Una paz duradera, escribe, pide «instituciones y relaciones entre las personas inspiradas en la dignidad de cada una» (n. 33).
Eso, en una empresa, se traduce en cosas poco vistosas y nada inmediatas: un salario justo, el reconocimiento de que la propiedad tiene una función social, la búsqueda de colaboración en lugar de enfrentamiento, la atención a los trabajadores que nadie ve al final de la cadena. Construir así pide dos virtudes que los informes trimestrales rara vez premian: paciencia y constancia. Como Nehemías levantando la muralla, el empresario edifica despacio, resistiendo la tentación del atajo.
Discernir, también ante la IA
La encíclica ofrece, además, un método sereno para decidir. El pensamiento social cristiano combina unos principios que no cambian -la dignidad de la persona, el bien común, la subsidiariedad, la solidaridad- con el juicio prudente sobre cada caso concreto, eso que el Papa llama «discernimiento». Y subraya que no es cosa solo de pastores: es una invitación abierta a toda persona de buena voluntad.
Ese discernimiento se vuelve apremiante delante de la inteligencia artificial. León XIV no la condena ni la endiosa: avisa de sus riesgos sin renunciar a usarla. Porque la tecnología, insiste, «nunca es neutral»: lleva el sello de quienes la piensan, la financian, la regulan y la emplean. La pregunta que un directivo debería hacerse, entonces, no es solo si una herramienta es eficiente, sino si ayuda o no a que crezcan las personas. Ahí está la línea que separa poner la técnica al servicio del hombre de reducir al hombre a un dato más.
Todo desemboca en algo muy práctico para quien manda. Magnifica humanitas propone un humanismo cristiano en el que dirigir es, sencillamente, servir. El buen jefe construye con constancia, decide con prudencia -también frente a la IA- y no separa nunca los resultados del bien de quienes los hacen posibles. Cuando eso ocurre, el trabajo de cada día se parece a lo que san Josemaría Escrivá llamaba «un tejido de cosas pequeñas» hecho con amor: el lugar callado donde la economía recupera rostro humano y la santidad se vuelve cuestión de cada jornada.