Analistas 26/11/2019

La marcha que no fue paro

Marc Eichmann
Profesor MBA Universidad de los Andes

La marcha no fue lo que muchos esperaban. A pesar de la apología de periodistas y figuras políticas sobre la importancia de ejercer el derecho a la protesta, las cifras demuestran que la respuesta de los colombianos fue tímida. Se estima que, a nivel país, salieron a las calles 250 mil personas, aproximadamente una por cada 40 que votaron libremente por la elección del gobierno actual. A nivel nacional, la participación en la marcha de 2008 de ‘Un Millón de Voces contra las Farc’ se estimó en 6 millones de personas, es decir, 24 veces más manifestantes que en la marcha del 21 de noviembre. En Bogotá, las centrales obreras, el movimiento estudiantil y no pocos periodistas que apoyaron la manifestación juntaron 100.000 marchantes, esto es, solo 1% de la población.

Tal vez el problema de los manifestantes es que no saben a ciencia cierta por qué salieron a la calle. Los entrevistados por unos medios que magnificaron el evento se quejaron por la falta de empleo, los falsos positivos, una reforma laboral inexistente, el asesinato de líderes sociales y la corrupción. Sorprende que, en una manifestación que pretende cerrar las brechas sociales, los marchantes protestaran contra una reforma pensional necesaria para que el Estado deje de subsidiar en más de $40 billones la pensión de los más ricos del país. La marcha fue como el berrido de un niño, que se queja que le duele, pero no sabe que le duele.

Quienes quieren sacarle provecho oportunista, entre los cuales están no pocos periodistas y políticos, se esforzaron en justificar la protesta contra el gobierno. Nada más equivocado. Los falsos positivos, la corrupción, la mermelada podrán existir, pero fueron sellos de gobiernos anteriores. La administración actual hace todos los esfuerzos para impulsar el crecimiento económico hasta con medidas impopulares como la ley de financiamiento. Hay algunos que se esfuerzan por crear una realidad paralela, onírica, y se inventan una enfermedad inexistente.

Sin embargo, las voces de aquellos que manifestaron no se pueden desconocer. Hay la sensación de que, dada la pluralidad de requerimientos, a menos de que haya una concesión significativa del gobierno que lo aleje del Centro Democrático, las marchas seguirán. Es necesario encontrar en los manifestantes interlocutores que representen los intereses de esta, bajo el riesgo de que la insatisfacción de quienes protestan se siga represando.

Queda por resaltar de esta jornada que las instituciones funcionaron. Los 7.000 policías que contuvieron a los violentos en Bogotá, verdaderos héroes que defendieron nuestro patrimonio (hasta por el aeropuerto iban), deben recibir un respaldo total de la comunidad. Las instituciones, independientemente de las demandas de los manifestantes, deben perdurar.

Para evitar que la situación actual se deteriore es crítico que los colombianos nos resistamos a que se impongan las políticas en el país por vías de hecho, existiendo los canales democráticos para definir nuestros dilemas como sociedad. Resistirnos es no permitir que el día a día con manifestaciones nos afecte, sino salir a trabajar, disfrutar de nuestro país y defender nuestro estilo de vida ejerciéndolo, venciendo así el miedo. Es así como podremos hacer que los colombianos no pierdan la oportunidad de mejorar sus condiciones de vida como en las últimas dos décadas.

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