Tribulaciones de un jurado

Marc Hofstetter

A comienzos de febrero recibí la notificación de la Registraduría anunciando que (una vez más) me había ganado el sorteo para ser jurado en las votaciones. La institución sortea los jurados entre los ciudadanos inscritos en los puestos de votación con un algoritmo que busca que haya heterogeneidad partidista en la mesa. Considerando mi tasa de éxito en esa lotería, si fuera paranoide, creería que el algoritmo le da puntos extras a quienes tienen apellidos atípicos que empiezan por H.

Lo primero que golpea al notificado es el lenguaje del texto recibido. No hay en este agradecimiento alguno por llevar a cabo la tarea, ni una exaltación al deber patriótico: sólo los detalles de las fechas y lugares pertinentes y las gravísimas sanciones en caso de no asistir. La citación, de paso, notifica la fecha, hora y lugar de una capacitación de dos horas, sin pistas sobre qué puede hacer el ciudadano si en ese horario no puede asistir. La capacitación, increíblemente, es presencial: ¡la Registraduría da dos horas de clase a más de 600.000 personas en un mes! Me resulta incomprensible que la capacitación no se pueda hacer a través de un tutorial en línea. Sería sencillo verificar que los jurados lo completen y podría haber personal disponible vía chat para responder inquietudes. Esto sería mucho más barato para el Estado y más respetuoso con el tiempo los ciudadanos que nos ganamos la rifa.

En cada mesa hay seis jurados. En el pasado, todos llegaban al comienzo de la jornada y acordaban quiénes se quedaban en la mañana y quiénes en la tarde. Al cierre de las urnas, todos se reunían de nuevo a contar y registrar los votos. En esta ocasión, la ordenó que los seis debían quedarse el día completo. No se necesitan seis jurados presentes durante todo el día para atender apropiadamente el flujo de votantes. Si esa va a ser la nueva directriz, por respeto con el tiempo de los ciudadanos y los costos del proceso, cabría reducir el número de jurados por mesa.

En mi puesto de votación se acabaron los tarjetones de una de las consultas. Es insólito que eso suceda y resulta inaceptable que el Registrador no haya asumido la responsabilidad política de semejante fallo, renunciando. Al final de la tarde llegaron las famosas fotocopias lo que además prueba que no era necesario imprimir esas papeletas a color. Otro desperdicio de nuestros impuestos.

A la hora de contar los votos, una vez más el morro de los nulos en mi mesa fue abultado. En todos los casos, la anulación fue por haber marcado más casillas de las permitidas. El tarjetón del Senado, además de los candidatos por circunscripción nacional, tenía en la parte inferior los candidatos por la circunscripción indígena. El tarjetón de la Cámara es aún más confuso porque además de la circunscripción territorial correspondiente, había dos espacios para circunscripciones indígenas y afro. Marcar algo en más de una circunscripción (así sea en blanco) anula el voto. Entre ambas corporaciones hubo más de 2,7 millones de votos nulos. Si se separaran esos tarjetones por circunscripción y el ciudadano pidiera la de su elección, tendríamos muchas menos nulidades y una representación más fidedigna de las preferencias ciudadanas.

Como se ve, hay muchas áreas de mejoramiento bastante simples. Sugiero empezar por la de quitar la prima por apellido del algoritmo.

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