Votar no tiene precio. Sí valor
Votar no es un ritual, es un derecho para proteger sus intereses, una responsabilidad ciudadana, un deber, porque la democracia se sostiene por la participación informada de todos. Como dice una amiga, el voto no tiene precio, pero la persona sí tiene valor, y este 8 de marzo puede aportarlo.
La evidencia comparada es consistente: mayor participación aumenta la legitimidad y fortalece la rendición de cuentas. Informes internacionales como los de International Idea han documentado que la participación electoral y cívica es un factor de resiliencia institucional; la Ocde, por su parte, insiste en que la confianza pública se construye con instituciones que rinden cuentas y con ciudadanos que usan sus derechos y exigen resultados.
Una mayoría activa eleva el costo político por incumplir, reduce la tolerancia a la corrupción y empuja a que las políticas respondan al bienestar colectivo, no a los intereses de unos pocos. Cuando la ciudadanía vota, los gobernantes saben que el mal desempeño tiene consecuencias.
Por eso hay que temer más a la amenaza silenciosa de las presiones y prácticas clientelistas que a las fallas del sistema, hay que impedir que un derecho se convierta en transacción, reconocer que la democracia se debilita cuando la decisión se contamina con favores o condicionamientos. Si el voto se trata como “moneda”, es más difícil exigir resultados porque se debilita el contrato social.
Vote libre, pero vote con razones. Participación informada no significa pensar igual, significa elegir con criterio. Compare propuestas, revise trayectorias, identifique cómo se financiarían las promesas y a quién benefician. Pregúntese: ¿qué problema resuelve?, ¿qué evidencia lo respalda?, ¿qué incentivos crea?
Aquí el sector empresarial tiene un rol positivo y necesario. Sin promover ideologías ni candidaturas, pueden contribuir con espacios de información para sus equipos, facilitar fuentes directas y confiables, explicar el proceso, propiciar la tolerancia y estimular la participación. Sensibilizar sobre votar informado fortalece el sistema, refuerza el sentido de que cada persona tiene un valor decisivo para la democracia.
Su voto no termina en la urna, se convierte en prioridad pública, presupuesto y reglas que afectan su vida diaria. Votar reconstruye confianza, un activo escaso. La confianza no nace de discursos, se forja cuando la ciudadanía valida reglas, participa y exige cuentas. Con más participación, la voluntad colectiva pesa más.
Además, votar crea vínculos democráticos, es un gesto público de pertenencia, aceptamos reglas, resolvemos diferencias con instituciones y defendemos el derecho a disentir sin violencia. Ese tejido cívico es lo que mantiene viable un país, incluso cuando pensamos distinto.
Y hay un impacto económico: democracias estables crean mejores condiciones para invertir, emprender y planear a largo plazo. La confianza funciona como infraestructura invisible, reduce incertidumbre, baja costos y mejora servicios. Si usted vota, hay legitimidad; si hay legitimidad, hay rendición de cuentas.
El 8 de marzo no es “un día más”. Nadie decide por usted, su voto define quién manda y cómo le responden. Por eso, recuerde el mensaje central: su voto no tiene precio. Usted sí tiene valor. Ejérzalo con libertad y con participación informada para tomar una decisión responsable.