Y mientras tanto, el poder está en la ruta
Mientras hablamos de cuánto petróleo hay y cuánto vale, gana urgencia otra pregunta: ¿quién puede garantizar que llegue? La logística, que tantas veces se dio por descontada, vuelve al centro de las decisiones. Las reservas siguen importando, pero un cargamento atrapado en un estrecho no mueve una fábrica.
Esa vulnerabilidad está cambiando el mapa energético y el valor de tener al proveedor cerca.
Ormuz muestra la dimensión del riesgo. Según la EIA, por ese estrecho circularon 21,6 millones de barriles diarios de petróleo y derivados en el último trimestre de 2025; para el periodo abril-junio de 2026, la estimación cayó a 4,9 millones. Malaca, Bab el-Mandeb, Suez y los estrechos turcos también concentran flujos vitales. Cuando estas rutas se interrumpen, encontrar petróleo en otro lugar no resuelve por sí solo cómo entregarlo: los desvíos cuestan tiempo y dinero.
La incertidumbre termina en las cuentas: encarece inventarios, obliga a buscar otros proveedores y dificulta presupuestar. En septiembre de 2026, el brent promedió US$114 por barril. El costo de la energía también se paga en una inversión aplazada o una producción interrumpida.
Así avanza una desglobalización selectiva. El nearshoring acerca operaciones; el friendshoring busca proveedores en países con relaciones estables. Esa lógica alcanza al petróleo: reducir distancias y la exposición a conflictos o sanciones. Relocalizar cuesta, pero depender de una ruta vulnerable también. La confianza empieza a pesar tanto como el descuento.
La lectura de Leonardo Buniak pone a Venezuela en el centro de esta reorganización: grandes reservas, cercanía a Estados Unidos y acuerdos para desarrollarlas. La ruta del petróleo venezolano hacia Estados Unidos evita Ormuz y el mar Rojo. El riesgo de otros corredores eleva el valor estratégico de esa ubicación.
La Opep registra para Venezuela unos 303.700 millones de barriles en reservas probadas al cierre de 2025. Incluso a una producción hipotética constante de cuatro millones diarios, equivaldrían a unos 208 años. En Colombia, la relación reservas/producción fue de 7,4 años en 2025; en EE.UU., de 9,6 en 2024. Son medidas de escala, no fechas de agotamiento ni garantías de suministro.
El acuerdo anunciado el 31 de agosto con North American Blue Energy Partners contempla 17 campos y un plan de inversión privada de hasta US$100.000 millones. Según la Casa Blanca, la Oficina de Capital Estratégico del Departamento de Guerra recibe una participación de 35%. Esa presencia revela la dimensión de la apuesta: vincular inversión, acceso al petróleo y seguridad nacional.
El reto es convertir reservas y acuerdos en producción sostenida, con financiación y certeza jurídica. Recuperar campos e infraestructura abre una demanda de ingeniería, equipos, mantenimiento y servicios. Colombia tiene una oportunidad para avanzar en exploración responsable y participar como proveedor.
Venezuela reúne condiciones para ganar un lugar central en el abastecimiento del hemisferio. La apuesta estadounidense es asegurar cerca lo que cuesta cada vez más garantizar lejos. En el nuevo mapa energético, el poder también consiste en decidir de qué rutas se puede dejar de depender.