Y mientras tanto es, Cuando se vayan las cámaras
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La solidaridad llega con enorme fuerza durante los primeros días. Llegan donaciones, voluntarios, empresas, gobiernos amigos y organismos internacionales. Después, inevitablemente, la vida continúa. Aparecen otras noticias y urgencias. Las cámaras se van, pero las familias siguen esperando vivienda; los niños necesitan volver a clases; los negocios, abrir; los municipios, reparar sus servicios.
Venezuela acaba de mostrarnos esa distancia entre la emergencia y la recuperación. Los terremotos de junio dejaron más de 5.300 fallecidos y cerca de 17.000 heridos, según Ocha. Naciones Unidas calculó que se necesitaban US$299 millones adicionales para atender durante seis meses a 1,3 millones de afectados. Semanas después, el plan de respuesta seguía financiado solo parcialmente. El problema no es únicamente cuánto dinero llega, sino cuándo llega y cuánto permanece.
La evidencia internacional confirma esa dificultad. Candid encontró que en 2023 apenas 12,7% de la filantropía para desastres se destinó a reconstrucción y recuperación. Es comprensible: la emergencia necesita velocidad. El riesgo está en confundir la ayuda inmediata con la reconstrucción.
Colombia ya conoce esa diferencia. El terremoto del Eje Cafetero de 1999 dejó 1.185 muertos, más de 550.000 personas sin techo y pérdidas cercanas a 2,2% del PIB. De allí nació el Forec. Gobierno, organizaciones sociales, universidades, cooperativas y sector privado participaron en un modelo que reparó o reconstruyó viviendas para unas 130.000 familias, además de 649 escuelas y 52 centros de salud. El proceso tomó cerca de tres años y medio.
Tal vez allí esté una de las mejores lecciones para este momento: organizar el día después antes de que llegue.
El Gobierno ha anunciado el Fondo Milagro para canalizar recursos nacionales e internacionales hacia la reconstrucción. La iniciativa merece acompañamiento. No un cheque en blanco, sino algo mejor: participación, conocimiento, vigilancia, transparencia y capacidad de ejecución. Gobierno y regiones deberán conducir, acompañados por el sector privado, universidades, organizaciones sociales y cooperación internacional alrededor de una misma hoja de ruta.
También tendremos que mirar hacia afuera. Las capacidades fiscales y empresariales del país son limitadas frente a una reconstrucción de varios años. La solidaridad internacional no puede agotarse con los aviones de ayuda de estas semanas. Habrá que convocar multilaterales, gobiernos amigos, fundaciones, empresas globales y colombianos en el exterior para aportar recursos y conocimiento cuando la emergencia deje las primeras páginas.
Hoy toca salvar vidas, aliviar dolores y ayudar sin reservas. Mañana tocará reconstruir casas, colegios, negocios, empleos y confianza. Y mientras tanto, podemos organizarnos para que esa segunda tarea no encuentre al país cansado o improvisando.
Dentro de cuatro años ojalá recordemos estos días no solo por la tragedia, sino como el momento en que entendimos que reconstruir era una tarea de todos.
La solidaridad llega corriendo. Nuestro desafío es lograr que también se quede.