Analistas 19/10/2026

¿Y mientras tanto, justos o convenientes?

María Claudia Lacouture
Presidenta de AmCham Colombia y Aliadas
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Vivimos en la época del trino. Opinamos antes de pensar, contestamos antes de terminar de leer y, muchas veces, reaccionamos sin el menor interés en entender a quien piensa distinto, buscando solamente aplausos y reconocimiento.

En medio de tanto ruido, casi nunca nos detenemos en una pregunta más incómoda que la de quién tiene la razón: ¿qué hacemos con la razón que creemos tener? Se puede ganar una discusión en redes, o en una sobremesa, y salir de ella sin haber entendido nada del otro. Pero ello no lleva a nada.

Por eso vale volver a Sócrates, quien hace casi 2.500 años recorría Atenas haciendo preguntas incómodas.

Cada uno interpreta los hechos desde su historia, sus afectos y sus miedos. Entenderlo ayuda a escuchar. Pero ¿cómo distinguimos lo justo de lo que nos conviene, nos atrae o nos da rédito? La prueba se complica cuando lo conveniente parece justo.

Esa era, en el fondo, la búsqueda de Sócrates tal como nos la cuenta Platón: encontrar razones que permitan reconocer lo justo más allá de la opinión de cada quien. En ‘Critón’, preso y a la espera de su ejecución, Sócrates se niega a escapar con un argumento que sigue siendo exigente: haber sufrido una injusticia no nos da derecho a cometer otra. El criterio moral no cambia según a quién favorezca. De ahí sale una pregunta que deberíamos hacernos más a menudo: ¿defendería esta decisión si el perjudicado fuera yo?

La virtud no es una palabra para discursos. Se juega en cosas pequeñas: buscar la verdad, admitir errores y cumplir lo prometido. Y exige algo incómodo: conocerse para saber cuándo estamos buscando la verdad y cuándo solo queremos quedar bien.

De esa coherencia depende la confianza, en la casa y en la empresa. Discutir con argumentos y corregir sin humillar protegen lo que tenemos en común. La prueba difícil es exigirles a los nuestros lo mismo que a quienes piensan distinto.

Quienes trabajamos con empresas lo vemos: la desconfianza sale cara. Cuando nadie cree en nadie, cada acuerdo necesita más garantías y más verificaciones; los proyectos se demoran o no arrancan. La honestidad facilita cooperar y pensar a largo plazo. Un resultado va más allá de las cifras: importa cómo se logró y quién asumió los costos.

En el Estado, la exigencia es mayor, porque sus decisiones recaen sobre personas que no estuvieron en la mesa. Ahí la virtud se nota en escuchar antes de decidir, en explicar las razones, en cuidar los recursos públicos y en rectificar cuando la evidencia lo indica. Pero no todo puede depender de la buena voluntad de quien gobierna: la integridad se sostiene mejor cuando hay instituciones que permiten verificar, pedir cuentas y aprender de los errores.

Nadie queda por fuera. En casa se enseña con el ejemplo; en las empresas, con lo que se premia y se tolera; en lo público, con decisiones confiables. Se puede empezar por una pausa: ¿es justo lo que haremos?, ¿podemos explicarlo con honestidad?, ¿a quién afecta?

A quienes vienen detrás les dejaremos obras, empresas e instituciones, y también una manera de tratarnos y de resolver diferencias. Un país mejora el día en que hacer lo correcto deja de ser una excepción digna de aplauso y pasa a ser lo normal que esperamos unos de otros.

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